Desde mi córner

Luis Carlos Peris

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El Mariscal llega al Olimpo sevillista

Antonio Álvarez, pilar básico del Sevilla de Cardo, recibe el noveno Dorsal de Leyenda hoy

Buyo, Nimo, Él, Serna, Sanjosé, Juan Carlos, Francisco, Pintinho, López, Magdaleno y Santi. He ahí un muy buen Sevilla, el Sevilla de Manolo Cardo en el que Antonio Álvarez ejercía de mariscal en el área propia y una gran dosis de ascendencia en el vestuario. Era el último hombre antes de llegar a Paco Buyo y este mediodía recibe de su club de siempre el Dorsal de Leyenda, esa especie de salvoconducto a la inmortalidad para el sevillista.

Antonio Álvarez protagoniza la historia de un hijo de emigrantes que se repatrió para hacerse un hombre de provecho. Y a fe que lo consiguió a través de catorce temporadas que empezaron con sombras, pero que iban alcanzando luminosidad a medida que caían tacos de almanaque. Debutó con Olsen, se afianzó con Carriega, fue indispensable para Muñoz y esencial en aquel Sevilla de Cardo en el que la ilusión y el sevillismo iban por delante de las propias posibilidades.

En un Sevilla agobiado económicamente es en el que se movió Antonio, ya que cuando las recalificaciones urbanísticas reconfortaron las arcas para un expansionismo ficticio, hubo de emigrar otra vez, ahora a La Rosaleda. Precisamente a La Rosaleda, el campo donde vio abortada su internacionalidad por un inoportuno esguince de tobillo en pleno calentamiento para el partido del debut de Miguel Muñoz como seleccionador. Esa es la espina que Antonio lleva clavada en el alma.

Hoy recibe el mayor galardón que su club concede a su tropa, el Dorsal de Leyenda. Es como el Olimpo al que todo el que haya vestido la zamarra blanca puede aspirar. Tras Arza, Busto, Campanal, Achucarro, Valero, Gallego, Lora y Sanjosé, Antonio Álvarez accede a ese lugar de privilegio. Fue futbolista de los mejores, ayudante de Camacho, de Caparrós y de Juande para tener el honor de ser el entrenador en la gloriosa final del Camp Nou. Bien llegado a la gloria, amigo.

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