Desde mi córner

Luis Carlos Peris

lcperis@diariodesevilla.es

Mil veces alanceado y nunca muerto

La frase de Martínez de León viene al pelo, pero hay que ayudar a evitar el temido descalabro

Oselito era el personaje conque Andrés Martínez de León emboscaba su acendrado beticismo. Un personaje que seguía a pies juntillas la tesis del manque pierda y que en una de sus sentencias dejó caer aquello de "mil veces alanceado, pero nunca muerto". Esperemos que no estemos ante la ocasión 1.001 y el Betis perezca, pero por el ruido exterior no más parece que está entrando el sevillanísimo club en plena zona apocalíptica.

Ay el ruido exterior, qué bien orquestado que está, que oye y lee un servidor a algunos señalando la senda correcta que áteme usted esa mosca por el rabo. La imagen del Betis fue patética por la indefensión que le presta la vulnerabilidad de su sistema defensivo y el poco aprecio que le dispensa el estamento arbitral. No sé si la decisión de abandonar la Federación es la causa, pero lo cierto es que no tiene el Betis ningún motivo de agradecimiento a los del enlutado atuendo.

Lo del enlutado atuendo es un arcaísmo que acabó cuando la idea de colorear la imagen del colegiado, pero hora sería de sacar a colación los agravios sufridos por parte de los encargados de impartir justicia en este curso. Y como ya sé que no prosperará esa queja, ciñámonos a lo que verdaderamente importa. También sé que esto es pregonar en el desierto, pues abundan entre los actuales creadores de opinión la manida tesis de que cuanto mejor, peor. Y ellos sabrán por qué.

A partir de aquí me dirijo a los béticos de verdad, a esos que sólo quieren que los sucesivos alanceamientos no acaben fatídicamente. A ellos les digo que no es bueno el ruido exterior que propagan los que a saber cuáles son sus apetencias. Pero, señoras y señores, el Betis está vivo y si hay que prestarle respiración asistida, siempre será mejor que retirarle los tubos. Y a los que manejan la barca hay que recordarles que a ver si aciertan de una vez y evitan el temido descalabro.

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