Anoche iba yo camino de la cama cuando, desde el anaquel más alto y atestado de la biblioteca, se me tiró en plancha un libro. Así, al descuido, como se lanza desde un árbol el indio sagaz sobre el vaquero en las películas de tiros. Era La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender, que aún tenía pendiente de leer. El viejo Sender, que está en los cielos, no me puede enviar nada malo, así que me eché a leerlo. Les cuento: Nancy, estudiante estadounidense de 20 años, llega a la Universidad de Sevilla para hacer su tesis. Quiere ser "doctora en gitanería". Sus ojos atónitos no entienden nada, o lo que es más aún divertido, interpreta todo a la manera gringa: deduce -y a continuación universaliza- lo que no es; ante cualquier entuerto se vindica como ciudadana americana; desarticula la realidad a golpe de candidez, o se le ocurre lo aquí a nadie se le pasaría por la cabeza, como subir y bajar la Giralda en un caballo montado del revés. La lacia de Nancy tratando de interpretar las letras flamencas sí que es un lost in translation, y no lo de aquella película de Sofia Coppola. Salvando durísimas distancias, Nancy en Sevilla tiene algo del estupor inverso que Sender debió sentir durante su exilio y estancia en Estados Unidos.

Sevilla está llena de nancis de Sender, de ronaljéremis de Los Morancos, de estos estudiantes que viven con entusiasmo, en la salita de sus "familias anfitrionas remuneradas", la auténtica experiencia -dicho sea sin ironía- de comerse unas torrijas. Forman desde hace décadas parte entrañable del paisanaje, prueba de ello es que se les caricaturice. No acabar de entender del todo nada -ni los visitantes de los aborígenes, ni los aborígenes de los visitantes- forma parte esencial del encuentro. Convivimos en un ¡ay! En la vida llamaría yo "mamá" a una señora de Kentucky, por muy buenas torrijas que hiciera. (Supongo que los americanos también flipan al vernos decir "primuchi" o "compadre" a cualquiera). Durante varios cursos impartí una asignatura a grupos de universitarios estadounidenses. Advertí en ellos auténtico interés por penetrar en nuestra cultura, pero entre el planeta americano y el mundo de Sevilla hay tramos insondables. Me interesa habitar esa brecha. A pesar de todas las reticencias ante Estados Unidos, Sevilla siempre supo engranarse bien con los americanos. Nancy no es La Marrurra, ni estos estudiantes son los que alucinaban con el del Gastor y pasaban casetes a los jipis. Aún así, seguir observando a Nancy por los pasillos de la universidad me interesa mucho más que los tuits del tal Trump. Leo en este su diario que la policía está detrás de un empresario sevillano por violar a decenas de estudiantes norteamericanas. Dearest Nancy: aquí no os recibimos con genuflexiones. Pero no permitimos que ni a ti ni a ninguna de nosotras nos hagan esto.

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