¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
¡Bochinche, Bochinche!
EN los días laborables de la década anterior, todavía era posible para una serie de parroquianos autóctonos, disputar con éxito la barra de El Rinconcillo a los clientes foráneos. En el transcurso de una de aquellas tertulias espontáneas que surgían entre los asiduos a la centenaria taberna, un amable señor apellidado Salas, enterado de mi afición literaria, me animó a escribir un relato sobre mi madre, a la que guardaba cordial estima. Desconocía yo por ese entonces que la biografía del propio Salas, posteriormente fallecido a causa de un absurdo accidente doméstico, estaba salpicada por episodios aventureros, como supe después por boca de uno de sus amigos.
Aunque a fecha de hoy sigue pendiente de satisfacción su sugerencia, sinceramente creo que la trayectoria de la mujer que me trajo al mundo, en su infancia y juventud, podría ser merecedora de un libro, al igual que ocurre con muchas de sus compañeras de generación. De afrontar el reto, no tengo duda de que varios capítulos se situarían en una pensión que regentaba una tía abuela mía en el madrileño barrio de las Letras y en la que su sobrina Carmen moró durante un tiempo a principios de los años sesenta, ignorante aún de la existencia de mi padre.
Estas evocaciones familiares me asaltan tras la lectura de El precursor, uno de los trabajos novelísticos del filólogo onubense José María Vaz de Soto, a quien los habitantes de esta tierra debemos su decidida reivindicación de la dignidad del habla andaluza, sea esta una sola o un conjunto de realidades diferentes, pero íntimamente emparentadas entre sí. En sus páginas, redactadas y publicadas en las postrimerías del régimen de Franco y ambientadas en la misma época a la que antes hacíamos referencia, el nihilista y seductor universitario que las protagoniza, pernocta en una casa de huéspedes en Madrid, en la que recibe la inesperada visita de uno de sus hermanos, vinculado a la clandestina oposición comunista.
De comunismo naíf y oratoria propia del teatro de los Álvarez Quintero, puede alardear la esposa del alcalde de Cádiz, una de las tres féminas que se han fajado en la reciente campaña electoral, intentando arrebatar a Moreno el favor de los votantes, con dispar resultado. Consumada especialista en repartir carnés de buenas y malas personas y en estigmatizar a sus oponentes por su nivel de ingresos o lugar de residencia, tuvo al menos el acierto aislado de insistir reiteradamente, entre tanto dislate, en la denuncia del modelo de crecimiento económico basado en el turismo. Actividad que indiscutiblemente es fuente de riqueza, empleo y captación de divisas, pero que en las naciones verdaderamente desarrolladas tiene un papel secundario frente a otros sectores productivos. Y lo que es más preocupante: se está convirtiendo, por medio de una desmesurada expansión, en una plaga que afecta al discurso de la vida social, mutando en extraordinario el disfrute de placeres otrora cotidianos, como el de alternar con amistades en algunos bares de siempre.
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