Crónica personal
Pilar Cernuda
Sánchez ha recargado pilas
Pocas cosas más ridículas que un sevillano que pulula en invierno de Despeñaperros hacia arriba. Se nos nota a leguas que carecemos de buenas prendas de abrigo. El frío nos deja en jaque. Llegamos a Ávila oSalamanca con unas pellizas de entretiempo que, además de provocar la lógica risa de los anfitriones, nos envían directamente a yacer con el Frenadol forte, que es tela de forte por el sueño que provoca. Muy forte. Somos de luz y de calor, la chimenea es cosa de nórdicos y de vídeos promocionales de casas rurales. El frío nos descoloca, la nieve es un sueño de 1954, no nos acostumbramos al aire polar más allá de una tarde. En nuestros armarios no hay abrigos de piel de cordero. ¿Para qué si vivimos en la depresión del Guadalquivir? Las pieles caras y los tabardos cotizados no son un buen negocio en Sevilla, en todo caso podría serlo comprarse un rascacielos, como lo ha intentado Pulido (Antonio), al que ahora llamarán pidiendo jurdeles porque ha exhibido unos poderosos recursos que se han quedado de momento sin destino. La cola petitoria a las puertas del despacho de don Antonio dejará en nada las del Belén de Cajasol que hemos presenciado durante un mes. ¡Menuda lista de espera para disfrutar de la PuliNavidad! Tenemos claro que nuestro frío es efímero. Aquí los únicos trajes que se usan pocos días al año son los de nazareno y flamenca. Nadie discute ese epígrafe del gasto doméstico. Pero invertimos poco en abrigos. Nos invitan a viajar por las alturas de la piel de toro y nos quedamos encogidos. Mejor ni imaginar el día que haya una helada en nuestras carreteras, con lo acostumbrados que están por esas autovías y travesías interurbanas de Castilla y León a colocar las cadenas y a adaptar la conducción “al estado de la vía”, como dicta el código.
Qué maravilla esos restaurantes con sus percheros y estufas. No es necesario habilitar una silla o taburete para apilar abrigos, bufandas y paraguas. Todo está preparado y acondicionado para el frío como nosotros aquí lo estamos para el calor, la calor y las calores, que no es lo mismo el uno que las otras. Estos días nos recuerdan nuestra fragilidad, como el mar dicta sentencia en Matalascañas. El mensaje parece claro: al mar lo que es del mar. Pasen estos días de un frío que no resulta tan ajeno. Somos del calor de las bullas en la calle Asunción en la noche cabalgatera, como somos de contrastes: se afora Sierpes al paso del Heraldo, pero se permite la masa en Los Remedios. Somos barrocos. El que la lleva la entiende. Pero no llevamos abrigo, en todo caso un abriguito. En diminutivo, como ese flamenquito que hay que preguntar a qué hora empieza para llegar cuando ha acabado. Qué suplicio.
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