Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Un mundo nuevo (y terrorífico)
Lunes 5 de enero. Basílica del Gran Poder. Faltan unos minutos para las siete de la tarde. El eco, muy amortiguado, de la cabalgata que está pasando por Trajano no rompe el silencio y la quietud absolutas del templo: los materializa, los hace más acogedores, más invitantes, más favorecedores para la contemplación orante. Está expuesto el Santísimo. Tras Él, irrumpe, como queriendo salirse de su hornacina, el mudo estruendo del Señor revestido de esplendor epifánico. En presencia del Santísimo expuesto, las manos que cogen la cruz son las que poco antes partieron el pan en la última cena y las que después lo partirán en Emaús.
En la Basílica solo hay cuatro o cinco personas sentadas en los bancos, adorando la presencia real de Cristo, contemplando su más poderosa y conmovedora imagen. En el primer banco de la izquierda está sentado Antonio Ríos. No aparta los ojos de su Señor. ¿Qué se estarán diciendo? Pasan los minutos. Sale Miguel Martín, levita de San Lorenzo, más que capiller, dedicado al servicio del Templo del Señor, y va encendiendo los cirios del altar de quinario. Entran algunas personas y toman asiento, tras arrodillarse ante el Santísimo, para asistir al último día de quinario. Nada rompe el silencio, tan absoluto que se oye el bisbiseo de algún penitente desde el confesionario del padre Borja. Nada rompe la quietud, que parece encarnarse en la inmovilidad de Antonio Ríos, que sigue sin apartar la mirada del Santísimo y del Señor.
Viendo como una vida entera dedicada al Gran Poder y a su hermandad se le iba por los ojos hacia su Señor, recuerdo lo que escribió Romero Murube: “¡Qué gozo para el cofrade sevillano, estar allí a solas con su Virgen, con su Cristo, casi a oscuras y en un silencio maravilloso!... ¡Parece que nos va a hablar! Estamos seguros de que nos ve, de que mueve sus ojos de piedad hacia nuestros desalientos, hacia nuestras flaquezas... Y surge la oración. Hay dos oraciones: una, la que dicen los labios, y otra la que va diciendo el pensamiento. Con los labios rezamos un Avemaría, un Credo, una Salve. Y con el pensamiento... ¡Qué cosas dirán los sevillanos a sus Vírgenes!”. Joaquín lo remató así porque así lo vio y lo vivió ante su Soledad. ¡Qué cosas, pensé, recordando sus palabras, dirá Antonio Ríos a su Señor! ¡Y qué cosas le dirá Él!
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