El madurazo realza más la Transición

Venezuela agiganta el proceso democrático español frente a los bochincheros de siempre

Hartos de estupideces

El ayesazo

Delcy Rodríguez, presidenta de Venezuela, en el Palacio de Miraflores.
Delcy Rodríguez, presidenta de Venezuela, en el Palacio de Miraflores. / M. G.

09 de enero 2026 - 04:00

El madurazo no conduce de momento a una democracia real en Venezuela. El legatario del gorila está en la cárcel, pero su número dos ha jurado el cargo de presidenta con toda normalidad y solemnidad. Los opositores y defensores de las libertades no han regresado al país. El tiempo que viene es de absoluta incertidumbre. Y los ingenuos que ordenaron el repique de campanas se llevaron un jarro de agua fría cuando el señor de las corbatas largas, CEO mayor de los Estados Unidos con despacho en la Casa Blanca y en todos sus edificios repartidos por el mundo, orilló a la incauta María Corina con cierta indulgencia supremacista. "Es una mujer estupenda, pero no tiene el apoyo ni el respeto del país". Cuando Franco murió en la cama de un hospital público, su viuda e hija abandonaron el Palacio del Pardo y se trasladaron a un piso del barrio de Salamanca. Ni tiros, ni algaradas. El rey Juan Carlos ejerció de piloto de la Transición en un proceso que incluía autodespojarse de todos los poderes y conseguir que las cortes franquistas apostaran por su absoluta disolución. ¡Se dice pronto hoy! Los opositores aceptaron las numerosas peticiones de paciencia que periódicamente les hacía Suárez, que siempre quería ganar tiempo y apagar el ruido de sables. Y la izquierda aceptó la forma política del nuevo Estado: la monarquía parlamentaria. Sí, se produjeron todas las complejidades del mundo, pero el proceso fue tan intenso como ejemplar.

El paso de los años y la evolución de la política española revelan que verdaderamente todo aquello fue un milagro. El 20 de noviembre de 1975 no llegaron 150 aeronaves a capturar a nadie, ni a dejar que se pusiera al frente del Estado el número dos de ninguna dictadura. Para desgracia de agoreros y bochincheros, todo transcurrió con una normalidad insólita en el contexto lógico de la tensión de los cambios profundos. El cambio de régimen suele estar acompañado de episodios de violencia. No fue el caso de España, que se dispuso a vivir la Navidad y a asistir un proceso único que ahora se agiganta todavía más. No podemos caer en la irresponsabilidad de que los interesados en el desorden y el derrotismo barran o menoscaben la importancia de la Transición. Quieren reescribir la historia a conveniencia. Y hechos como el madurazo demuestran que el proceso español fue ejemplar. Ni la familia del dictador tuvo que ser detenida ni evacuada, ni se ajustaron cuentas, ni los opositores a la reinstauración de la democracia fueron de importancia. Hubo un objetivo común: la evolución hacia un Estado moderno con sitio para todos. Y hubo mucha generosidad y altura de miras a derecha y a izquierda. Todavía hay hoy quienes siguen interesados en menospreciar aquel logro. No se trata de idealizar, sino de valorar. Solo los necios y malintencionados no quieren reconocer ni la obra del piloto, ni la de los tripulantes de la única aeronave que entonces sobrevoló nuestros cielos, la de la concordia. Basta ver los telediarios y admirar aún más cuanto ocurrió en España entre el 20 noviembre de 1975 y el 6 de diciembre de 1978.

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