Si paseo por el Parque de María Luisa, me paso a ver a las damitas de piedra -el Amor Ilusionado, el Poseído y el Perdido- de la glorieta de Bécquer, a las que la vida del árbol que las cobija casi requebraja, haciendo de ellas y con ello un pedazo de metáfora, o la metáfora pedazos. Olisqueo en el buzón donde los enamorados dejan sus notas de amor, y aunque me da cosa abrirlas y enterarme de sus cuitas, leo lo que el azar deja a la vista: versos inflamados de un Bécquer mal digerido, pero Bécquer al fin y al cabo, que lleno era de gracia. Pienso entonces en Gustavo Adolfo, también en el pintor Valeriano, en sus facetas más procaces y divertidas, en sus versos "pienso cual tú que una oda sólo es buena/ de un billete del Banco al dorso escrita", que debieran haberse inscrito junto a su retrato en los billetes de veinte duros. Celebro que se celebre ahora el Año Bécquer, que se revisite el Romanticismo de Sevilla (escrito sea con R capitular, para quitarse ante él el sombrero y distinguirlo de la ideología romántica, ese subproducto). Sentimos a menudo la sensación -¿o quizá sea certeza?- de que Sevilla no se ha portado del todo bien con sus grandes poetas. Es un clásico sentir eso con respecto a Cernuda, pero también a veces con los Machado. La Sevilla de Juan Ramón aún está desdibujada, y no del todo regado el germen del 27 o la raíz del Ultra, por mencionar casos representativos. De un tiempo a esta parte, esta impresión de andar en deuda con nuestra poesía de ayer y hoy se diluye gracias a la excelente labor de La Casa de los Poetas y las Letras, que conduce con guante de seda José Daniel Serrallé -- ello no debe de ser precisamente fácil-.

Sevilla goza de un nervio poético bueno y diverso. Sé de lo que hablo, tengo la dicha de seguir calladamente la poesía emergente, los ciclos de La Casa de los Poetas (recuerden que el martes hay nueva sesión), las andanzas de poetas catacúmbicos, la actividad de colectivos poéticos, librerías y otros espacios para la poesía, y de las editoriales sevillanas y revistas como Estación poesía, dedicada en exclusiva al género, a cargo de Antonio Rivero Taravillo. A veces me tienta la pregunta de si acaso no convendría a una ciudad principal como la nuestra contar con un festival de la relevancia de Cosmopoética, Irreconciliables o MarPoética. Pero ligera la esquivo, porque de lo que sí estoy segura es de que a la poesía le conviene la lluvia fina de los ciclos bien programados, los clubes de lectura, las actividades en bibliotecas municipales, los talleres de espacios y librerías, las editoriales y la reflexión abierta de poetas que nos reunimos en torno a estos asuntos. Esta ha de ser la base extensa, honda e intocable sobre la que se levanten homenajes becquerianos, nuevos proyectos, buenos festivales.

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