Cuando, hace ya años, un periodista un pelín desorientado enmarcó unos poemas míos dentro de la estética del realismo sucio, casi me da algo. ¡Con lo limpia que soy -me dije-, yo no tengo nada sucio! Por siglos, ser una mujer limpia ha sido sinónimo de decencia y confianza; de hecho "ser una guarra" se aplica indistintamente a los ámbitos de la higiene y la sexualidad. Más aún en estos lares, que observamos la limpieza con más rigor de lo que lo hacen en otras latitudes. Volvemos siempre del mundo hablando con asco de moquetas con mácula y cazos que nunca han visto un estropajo. Aquí somos los más limpios del mundo, la vida huele a lejía y estamos desuñaditos de quitar mierda. Será de puertas para adentro.

En los últimos meses hemos visto al portavoz municipal del PP, Beltrán Pérez, con un flus-flus en una mano y un nanas en la otra, demostrando que Sevilla está sucia. Cierto. A ver qué tal andan las arcas de dineros y la ciudad de prioridades; seguro que el ayuntamiento puede hacer algo más y mejor por la desinfección de nuestras calles. La limpieza -o la falta de la misma- va además por barrios. La máquina de la lluvia -esa que moja las calles y nos acompaña cuando volvemos a casa a las deshoras-, las mangueras y otras máquinas de escamondar están a la orden en la zona comercial, hotelera y hostelera de la ciudad; por los barrios ya han visto que no tanto. No me acostumbro a la presencia de ratas como sollos en las zonas más húmedas y bajas, y aunque puedo comprender que el terreno donde se asienta Sevilla no ayuda, reclamo un redoble urgente en los esfuerzos para evitar que proliferen. Es grave, nos va la salud en ello.

A diferencia de Beltrán Pérez, que pidió recientemente que no se hablara más "del incivismo de los sevillanos", yo sí quiero, como vecina que soy de esta villa, con derechos y obligaciones, hacer autocrítica y preguntarme cómo somos de limpios de puertas para fuera. Pasa por mi vera un señor carraspeando. Fragua un gargajo y lo estampa como un tiro contra el suelo. Otro, algo más encanijado, pasa ligero y sin pañuelo, y se suena los mocos con el procedimiento de taparse un boquete y pegar por el otro un mangazo. En la papelera han medio metido una bolsa de basura, para qué ir hasta el contenedor. Seguro que han visto, ya de recogida, el paisaje post-botellona y la carrera oficial después de las procesiones. En mi calle sorteo a diario docenas de mojones. La colilla, al suelo. Qué bellos son los bares con la puerta sembrada de servilletas al viento y pellejitos de altramuz. Estoy preocupadísima por la próstata o la angurria de algunos conocidos, que lo mismo hablan con exquisitez que se te mean en una esquina… Iba a tener razón aquel periodista, escribo auténtico realismo sucio. Qué menos.

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