TV Muere la actriz Kirstie Alley, la que fuera protagonista de 'Cheers'

Según el DRAE, reciprocidad "es la correspondencia mutua de una persona o cosa con otra". Se trata, me parece, de uno de los conceptos esenciales en los que se fundamenta el buen funcionamiento de las relaciones humanas. Sea entre razas, gentes, credos, países o personas, siempre se tiende a esperar de los demás algo sustancialmente equivalente a lo que se entrega. Y aunque averiguamos pronto que la equidad total es una utopía, tampoco nos resulta fácil aceptar que, en demasiadas ocasiones, recibiremos mucho menos de lo que dimos. En la raíz de nuestras frustraciones suele encontrarse ese sentimiento de injusticia que nos provoca la percepción subjetiva del desagradecimiento ajeno. De manera subconsciente, creemos que si miramos por los otros, ellos acabarán mirando por nosotros y la comprobación reiterada de nuestro error nos duele y decepciona.

Hay quien sostiene que es más sensato y sano no esperar nada de nadie, hacer lo que se deba y quiera sin aguardar jamás recompensa. De este modo, respetando la libertad de cada cual, desembridamos el fluir natural de nuestra conducta y nos mantenemos a salvo del veneno del resquemor. Quizá sea cierto. Pero no me negarán que constituye un ideal sólo al alcance de almas escogidas.

Al común de los mortales le siguen torturando las reciprocidades asimétricas, aquéllas en las que la balanza se desequilibra y el esfuerzo termina siendo insoportablemente unidireccional. Ocurre así cuando una de las partes manifiesta fortaleza y capacidad especiales: no es infrecuente, entonces, que sobre ella recaigan todas las cargas, sin que surja compensación alguna por su enorme y desalentador desgaste. La inicial virtud muta en condena y agria el vivir de los mejores.

Puede ocurrir, sin embargo, justamente lo contrario. Particularmente en contextos familiares o de pareja, no es extraño que se instale la idea de que el más frágil o vulnerable tiene más obligaciones que el otro, debe dar todo a cambio de muy poco. Es, por ejemplo, el sentir que está en la base de la historia de los pueblos esclavizados y configura la segunda forma de asentar asimetrías nocivas, destructoras de una convivencia que tendría que encaminarse hacia la igualdad.

Anda el mundo falto de reciprocidad. Fenómenos como el de una creciente violencia hallan ahí una explicación certera. Acaso porque el egoísmo va ganando la partida, es la ingratitud la que dibuja ya nuestro peor y más tenebroso futuro.

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