Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

Sevillano el que no bote

TTRES décadas de autonomía no han servido para vertebrar Andalucía ni para disolver los aldeanismos en un proyecto común. Al contrario, estos treinta años han visto crecer los provincianismos hasta constituirlos en una de las señas de identidad de la comunidad autónoma y esto se traduce, sobre todo y por encima de todo, en una animadversión hacia Sevilla y todo lo que ella representa que, de alguna forma, sí proporciona un cemento que aglutina al resto de los territorios. Algo se ha debido hacer muy mal cuando el fuego graneado contra Sevilla se ha convertido, hace mucho tiempo ya, en uno de los argumentos políticos favoritos de cualquier dirigente provincial que se precie. Y para esto vale munición de todo tipo, sea tan tontaina como la del salmorejo cordobés, tan incomprensible como la inhabilitación de hecho, por parte su partido, al alcalde de Sevilla para que juegue un papel en la política andaluza o tan peligrosa, desde el punto de vista económico, como la actitud gaditana con respecto a la zona franca que el Gobierno acaba de autorizar a Sevilla. Como ven, no me he tenido que remontar mucho en el tiempo para encontrar ejemplos con los que ilustrar esta tesis, ni tan siquiera he tenido que recurrir al permanente agravio malagueño contra todo lo que se refiera a la capital.

Éste no va ser un artículo victimista por más que esa actitud cada vez se abra paso con mayor fuerza por estos lares. Simplemente trata de poner negro sobre blanco una realidad que demuestra que algo importante falla en el diseño autonómico y que Andalucía, por más que la Junta lo impregne todo, está todavía por empezar a hacer. Hemos construido una Administración omnipresente y gigantesca, pero estamos lejos de ser una comunidad desde el punto de vista social y ciudadano.

De los tres ejemplos que citaba más arriba decía que la actitud de orgullo ofendido de Córdoba cuando al Ayuntamiento se le ocurrió incluir el salmorejo en un certamen de tapas sevillanas no era más que una anécdota chusca y que los males del alcalde Zoido con su partido son para mí un misterio cuyas claves se me escapan, pero donde seguro que hay algo más que puro antisevillanismo. Pero sí veo preocupantes las andanadas gaditanas contra la zona franca. No porque crea que vaya a ser la panacea para resolver los muchos males de Sevilla ni porque sea un defensor de este tipos de recintos, anacrónicos en esta época. Pero se arremete desde una provincia vecina contra un mecanismo diseñado como instrumento de promoción económica y eso, en los tiempos que corren, hay que tomárselo con mucha responsabilidad. Sevilla no está para desperdiciar oportunidades y con las cosas de comer es mejor no jugar. El un bote, dos botes, sevillano el que no bote puede hasta hacer gracia, a quien se la haga, en el graderío ultra de algún campo de fútbol. Pero en cuestiones serias está claramente fuera de lugar.

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