Visto y Oído

Antonio / Sempere

'Shespirs'

SIN duda que Piratas y libélulas, el documental de Isabel de Ocampo (Miente, Evelyn) sobre un experimento teatral en un instituto hispalense, fue una de las más gratas sorpresas encontradas en la reciente Seminci de Valladolid. La realizadora se trasladó hasta el instituto de secundaria Joaquín Moreno Murube, ubicado en pleno Polígono Sur, y filmó a lo largo del tiempo la evolución del grupo teatral Los Shespirs, formados por alumnos del centro. El montaje elegido no fue otro que Romeo y Julieta, al que debían dar vida actores payos y gitanos. Lo que en principio podía evocar una experiencia manida, a algo ya visto con anterioridad, pronto se convierte en un testimonio nuevo repleto de vida que nos hace reflexionar acerca de la educación, del valor terapéutico que el teatro, de la labor que pueden desarrollar docentes entregados; de la vida misma y sus vericuetos. Por momentos, Piratas y libélulas nos evoca al mejor Vivir cada día de Rodríguez Puértolas. Pero su mirada rabiosa, su montaje sincopado, su ritmo vivísimo, también nos lo entroncan con películas como La clase, de Laurent Cantet. El documental posee la gran virtud de mostrar cómo ha sentado la huella del tiempo a los protagonistas. Pasados unos años de aquella experiencia, las cámaras vuelven al lugar. El resultado, una lección de vida, honda emoción y un montón de lágrimas.

Una de las conclusiones a las que llegó la directora Isabel de Ocampo fue la de que el talento puede surgir de los lugares más inhóspitos; otra no menos baladí, que los sentimientos no van condicionados por la raza. El personaje de la profesora, Matilde López, es capítulo aparte. Cuando uno encuentra un trabajo tan hermoso, no puede menos que recomendarlo a voces.

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