La tribuna

Carlos Suan

Suscitando adhesiones

ESTA es la función esencial del líder. Se trata de una tarea más bien irracional. Sólo una vez conseguida, trataremos de racionalizarla. Pero, en principio, la adhesión se alcanza por modos emotivos mejor que a base de argumentos. Predomina lo emotivo sobre lo racional. Por otra parte, no hay inconveniente en reconocer que el contenido del liderazgo puede ser peligroso, los hay admisibles y rechazables, siendo ésta una de las razones por las que el líder, por más adhesiones que suscite, jamás puede quedar exento de crítica.

Así las cosas, hay que observar que el líder, para conseguir adhesiones, utiliza la palabra. Luego, alcanzada la elección o el objetivo propuesto, invocará realizaciones varias. Sin embargo, debe quedar claro que, en plena campaña electoral, hará promesas múltiples, pero siempre recurriendo a la palabra o a la magia del relato, narrando él o sus colaboradores lo que ha sido o lo que ha hecho, es decir, contando una historia, que debe ser verdadera.

Con ocasión de la elección de Obama como presidente de EEUU, podemos comprobar si lo dicho es correcto. Sólo tratamos de narrar lo ocurrido, describirlo, sin añadir nada. Obama ha conseguido adhesiones a base de hablar, y de que él u otros cuenten su historia personal. No puede pasar desapercibido que, siendo negro (mejor, mulato ), no ha recurrido a ningún relato violento sobre la negritud, habiéndose referido, más bien, a las clases media y profesional. Incluso se ha separado de personas radicales que, inicialmente, le acompañaron. Y su mujer, sin ocultar una historia humilde, tampoco la ha exhibido.

Si dejamos para otro momento la magia del relato, que es importante, enfaticemos ahora la oratoria, el arte de hablar en público. Para toda persona es fundamental el lenguaje, y más para el político. Este necesita de la Retórica, es decir, del arte de convencer. Sin embargo, no estemos de vuelta sin haber ido a casi ninguna parte. Utilizamos aquí y ahora el concepto adecuado de Retórica que nos ha legado Catón: hombre honrado y hábil en el hablar (vir bonus dicendi peritus ). Pues bien, el político utiliza palabras para suscitar adhesiones. Aquellas persuaden y disuaden, pero también seducen. Nos dice A. Grijelmo que existen palabras frías y palabras calientes. Las primeras trasladan precisión y sirven para la ciencia; las segundas muestran incluso arbitrariedad y son la base de las artes, pudiendo añadir nosotros que también de la política. No es posible, por otra parte, olvidar el aspecto operativo del hablar, el hacer cosas por medio de las palabras. Somos, también, lo que decimos.

Ahora bien, tratando de ser obedientes a la realidad, reconozcamos que las palabras del político provocan desconfianza. Obama ha conseguido un brillante resultado electoral a base de una correcta oratoria, pero simultáneamente ha inducido escepticismo en cuanto a sus futuras realizaciones. Admitamos que el cambio no va a ser inmediato, pero cambio se va a producir, al margen del propio Lampedusa, aunque sólo fuera por las esperanzas que ha sabido despertar en el pueblo americano, tal como hace años advertía un brillante corresponsal refiriéndose al presidente Kennedy. No vamos a descender al tema del aumento de un gasto público selectivo, prioritario, social, productivo, ni tampoco al cambio de paradigma (renacen Keynes y Galbraith, a través de Stigliz y Krugman ), pero sí resulta necesario argumentar la necesidad de cambiar.

La situación actual es injusta, aunque sólo fuera por la desigualdad que ha generado y reconociendo que autores como A. de Jasay, P. Schwartz y Rodríguez Braun no aceptan esta opinión. Resulta entonces que, ante una injusticia cierta, vale la pena optar por una justicia incierta. La incertidumbre no puede servir de excusa para detenerse, aunque es necesario actuar con prudencia. Esta constituye el auténtico banco de prueba de todas las virtudes, no pudiendo ser confundida con una suerte de cobardía o conservadurismo. Mucho menos con aquella actitud de esperar a ver qué opinan los demás, sin arriesgar la propia. La prudencia consiste, más que en un saber hacer, en un saber vivir, flexible, ceñido a la realidad concreta, que no supone ausencia de principios, aunque sí cambios de opinión en función de las circunstancias. La incertidumbre del resultado a conseguir siempre ha sido un gran argumento contra el cambio. Hay que optar por una justicia incierta, sin acampar nunca al margen de la prudencia.

Creo que Santa Teresa o Cervantes decían que la víspera era mejor que la fiesta y el camino que la posada. ¿Se equivocarán esta vez? Quizá sean muchas las expectativas generadas.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios