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Tensionando las instituciones

Cada día nos encontramos con episodios que sólo califican esta legislatura como la más desdichada de la historia reciente

La política diaria no para de dar titulares, y cada día nos encontramos con episodios que dicen muy poco de nuestra clase política, y que sólo califican esta legislatura como la más desdichada de nuestra historia reciente. Con dos ministros dimitidos en apenas tres meses y otra en camino, la aprobación de los Presupuestos estancada y el desgaste progresivo de un Gobierno minoritario a la deriva en un mar de problemas, este ejercicio de supervivencia sólo se justifica por el interés personal, que posiblemente quede despejado tras la celebración de elecciones autonómicas y municipales la próxima primavera, de resultado incierto.

Una de las últimas polémicas ha sido la denegación por la Mesa del Congreso al intento de la Comisión de Justicia del mismo organismo de colar por sorpresa en la Ley de Estabilidad Presupuestaria una enmienda destinada a suprimir el papel reservado al Senado en aquella a través de una ley de contenido totalmente distinto. Una triquiñuela para nada desconocida en la práctica cuya autoría se atribuye a una diputada socialista con amplia experiencia en estas lides, pues no en vano ostenta la condición de letrada en cortes en excedencia.

Lo anterior no pasaría de anecdótico si no fuera por la ola de críticas que ha desatado en nuestra revoltosa izquierda, tan dada ver la paja en el ojo ajeno antes que la viga en el propio. Y lo peor no es la crítica en sí, algo si se quiere lógico y hasta saludable en la dinámica parlamentaria, sino el daño que producen ciertas actitudes en la salud de esas instituciones que sobreviven con una salud de hierro a los embates de unos y de otros. Qué más quisiéramos en España que todo funcionara como lo hace el Congreso presidido por una persona seria, con su Mesa, sus comisiones, su reglamento, y el apoyo jurídico y técnico de un cuerpo de letrados por oposición desconectado de la acción política.

Podemos admitir con cierto pesar las ocurrencias, disputas y controversias, muchas de ellas bastante prescindibles, que pueblan el Diario de Sesiones de la Cámara, e incluso aceptar con democrática resignación la elección de un Gobierno débil en su provisionalidad acosado por tantos frentes. Pero lo que ya no se puede tolerar es la erosión constante de instituciones de probada solvencia que sostienen junto a otras los cimientos de nuestra tantas veces invocada en vano democracia.

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