la tribuna

Carlos Suan

Tiempo de incertidumbre

30 de agosto 2012 - 01:00

Nuestros comportamientos no suelen ser equilibrados. Unas veces nos dejamos llevar por los sentimientos (quizá las más) y otras somos excesivamente racionalistas. Con frecuencia, o somos emotivos o somos racionales, pero casi nunca mezclamos, en la proporción debida, sentimiento y razón. Lo mejor sería una síntesis de ambos: atender a nuestros sentimientos, pero introduciendo en los mismos un punto de mesura proporcionado por la razón, considerando a ésta como "una pasión tranquila". Victoria Camps ha publicado recientemente un interesante libro, El gobierno de las emociones, dedicado a analizar cuál es el lugar de éstas en la ética y a desarrollar la vinculación entre emoción y razón, añadiendo que hay que evitar los antagonismos: no apostar por las emociones sin más, ni por la racionalidad pura, "pues ni los sentimientos son irracionales ni la razón se consolida sin el apoyo de los sentimientos". Para aprender a admirar lo admirable y rechazar lo que no lo es, hay necesidad de "tener razones que indiquen lo que es digno de admiración y lo que no es admirable bajo ningún concepto".

Pues bien, basta lanzar una mirada a nuestro entorno para comprobar, sin violencia alguna, que la concreta situación que atravesamos, nuestro país y cada uno de nosotros, resulta un tanto incierta; incertidumbre que se detecta en todos los ámbitos de nuestra sociedad, incluidos los científicos. La incertidumbre emerge como una nota característica de nuestros días. Y así como se ha hablado de la "sociedad del riesgo" no parece exagerado hablar hoy de una "sociedad de la incertidumbre". Si bien se mira, la tan reiterada incertidumbre puede ser incluso buena, sobre todo en ciertos sectores, como los científicos y filosóficos, en cuanto constituye un motivo, una provocación, para seguir admirando y buscando la causa o causas penúltimas de lo que acontece. Pero la política y el derecho no parece que sean muy compatibles con la incertidumbre, es más, tienden a eliminarla, aunque esta eliminación constituya una especie de mito de Sísifo, una meta inalcanzable, una tensión permanente, una mezcla nunca depurada entre ortodoxia y caos. Incluso se ha hablado de nuestra época como caracterizada por "el final de las certidumbres", con desaparición "de cánones y referencias".

Pero yendo a un terreno más concreto, percibimos la incertidumbre como inseguridad y como tal nos provoca miedo, temor, porque comprobamos que nadie sabe con certeza cuál es la causa o causas de la crisis actual, ni tampoco la solución o soluciones a la misma. Sin embargo, aunque la realidad es mala, debemos estar en situación de alerta frente a los que tratan de manipularnos, especialmente, a través de las palabras. Éstas, en primer lugar, persuaden y disuaden. Y tanto una como otra, persuasión y disuasión, se basan en frases y razonamientos que apelan a la inteligencia y a la deducción, sin olvidar la evidencia y la inferencia. Pero, en segundo lugar, las palabras seducen. Nos dice A. Grijelmo que existen palabras frías y palabras calientes; las primeras trasladan precisión y sirven para las ciencias; las segundas muestran incluso arbitrariedad y sirven para las artes y también, añadimos nosotros, para la política. Alerta, pues, frente a las palabras calientes y sin matices. Y no sólo ante la manipulación sino también frente al descontrol por el miedo. Hay que ser fuertes ante el miedo. Pero ya los escolásticos distinguían dos actitudes en la fortitudo, a saber: soportar y emprender (sustinere y aggredi). Por tanto, no basta con resistir pasivamente frente al miedo; es necesario algo más, algo de emprendimiento, como es ardor y coraje para superarlo en nombre de nuestra responsabilidad, haciéndonos cargo de ésta. El miedo no nos puede paralizar, ni siquiera el acto de consumir. Resulta procedente traer a colación el pensamiento de Bernard Mandeville contenido en su obra La fábula de las abejas. Vicios privados, beneficios públicos. El libro nació como folleto que sólo contenía una fábula en verso titulado El panal rumoroso o la rendición de los bribones, relatando las venturas y desventuras de una colmena. Los textos y diálogos añadidos a la fábula en ediciones posteriores contienen el argumento central de la obra: el vicio es el fundamento de la prosperidad y de la felicidad de los pueblos. En España, alguien ha llamado "las siete columnas" a los siete pecados capitales. En consecuencia, hay que practicar el vicio de consumir, pero recordando que "de nada demasiado".

La citada V. Camps comienza su estudio sobre el miedo con una cita de T. Livio ciertamente oportuna en estos momentos: el miedo está siempre dispuesto a ver las cosas peores de lo que son.

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