La aldaba
Carlos Navarro Antolín
¡Moción de censura en Los Remedios!
Al Betis de baloncesto, del que no voy a decir lo que Unamuno decía del Pensamiento Navarro, lo entrena ahora uno de mi pueblo, Luis Casimiro. Hace 22 años, cuando el equipo se llamaba Caja San Fernando, lo entrenaba Javier Imbroda. Quedé con él para una entrevista que se publicó en las páginas salmón de los periódicos del Grupo Joly que coordinaba Alfredo Martínez. La charla salió el 12 de diciembre de 1999. Tiempos de Aznar en la Moncloa y de Chaves en San Telmo. Imbroda no era de mi pueblo, "soy melillense, andaluz y español", se confesaba, pero desde entonces, a pesar de que no hemos vuelto a coincidir, se estableció con él una suerte de paisanaje intelectual o emocional que despertaba simpatías cada vez que le oía o lo veía. Todavía no había llegado a la selección española (en 1992 entrenó a la de Lituania), Gasol no se había estrenado como internacional a sus órdenes y faltaban un par de años para el histórico triunfo sobre Estados Unidos.
De ese país empezamos hablando en la entrevista, porque unos días antes se había producido la llamada batalla de Seattle, primera concentración contra los estragos de la globalización. El hombre que ha muerto salvando la Filosofía del nuevo Fahrenheit 451 de los planes educativos de Andalucía (no hay nada más filosófico que la muerte) ya apuntaba maneras como el buen consejero de Educación que sería dos décadas después. "El hombre ha hecho la revolución tecnológica. ¿Cuándo vamos a hacer la revolución humana? Hemos enseñado a nuestros hijos a programar un ordenador, a conectar y navegar por internet, pero son incapaces de escribir una nota de agradecimiento".
El paisanaje con Imbroda se estableció a partir de un libro que yo estaba leyendo por esos días. Ambos opinábamos que era una de las mejores novelas de baloncesto. Corre, Conejo, de John Updike, de la estirpe de Nabokov y Truman Capote. Un milenio después, sigue siendo una de las cumbres de la literatura norteamericana y mundial. Uno tiende a asociar determinados libros con personas concretas: a Juan Diego, flamante hijo predilecto de Bormujos, siempre lo llevaré con Mahoma y Carlomagno, de Henri Pirenne. Con Pablo Juliá, además de la misma fecha de cumpleaños, nos une la devoción por Paradiso de Lezama Lima; con el dentista José María Llamas, uno de los mejores catadores de libros (pionero entre los descubridores de Padura), El largo adiós de Chandler; y con Juan Carlos Cazalla, que me descubrió Bodas en casa de Bohumil Hrabal con sus piscinas olímpicas de cerveza eslovaca, siempre viajaré a ese territorio del vértigo de Cuando llega la noche, de Louis-Ferdinand Celine. Lo mismo me pasa con Imbroda y la saga literaria del Conejo de Updike.
Nació el año que construyen el muro de Berlín. Ha muerto con las botas puestas. Demasiado joven. El día que nacen Matilde y Tomás, los hijos de Mercedes de Pablos, Imbroda cumplía 27 años. Cuatro años antes habíamos sido plata en Los Ángeles. Los baloncestistas tienen esa suerte: casi tocan el cielo con las manos. Y si no llega, ya le empuja Sabonis.
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