¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
ESCRIBO desde Barcelona, desde un hotel en el Raval, el antiguo Barrio Chino, territorio catalán, español, multicultural y mestizo desde su nacimiento, y barrio donde nació y al que siempre volvía Manuel Vázquez Montalbán, ese líder espiritual de Occidente que desapareció prematuramente hace diez años. He venido aquí, expresamente, a rendirle mi homenaje, paseando por sus calles, comiendo en Casa Leopoldo, sorbiendo los aires que respiró, mirando las casas que formaron sus primeros paisajes, leyendo in situ el libro que le ha dedicado su hijo Daniel… Se lo debía: en 1990, cuando mis compañeros del PSOE decidieron que yo no iba a seguir siendo presidente de la Junta, a él le dio por escribir y publicar en Interviú un Elogio sentimental de Rodríguez de la Borbolla. Sólo habíamos hablado dos veces, pero ese artículo suyo me sirvió mucho para seguir mirando hacia delante.
En términos generales, Vázquez Montalbán no se fiaba de los políticos; más concretamente, no estaba de acuerdo con los políticos españoles; y, específicamente, despreciaba bastante a la clase política catalana. En El hombre de mi vida, escrita en 2000, llegó a decir: "Este país, al igual que España, ha creado una nueva clase y ha asumido las oligarquías anteriores". Lo comentaba el miércoles por la noche con Rosa Gil, de la tercera generación de propietarios de Casa Leopoldo, nieta, hija y viuda de toreros. Su marido fue José Falcón, aquel torero portugués serio y bien plantado al que se llevó por delante Cuchareto, aunque Rosa sigue amando la Fiesta y es seguidora de Morante. Una señora importante. Hablando con ella, llegué a una conclusión: Vázquez Montalbán era muy crítico con los políticos, sobre todo por lo horteras que le parecían; gente que se cree que son lo que no son y que se cree que tiene las virtudes que no tienen. Y que encima van por ahí haciendo ostentación de sí mismos y encantados de haberse conocido.
En general, la falta de conciencia de las propias limitaciones y la imprudencia que proviene de la ignorancia hacen que los horteras se metan donde no tendrían que meterse, se coloquen en lugares que no les corresponden, hablen de lo que no saben y se excedan en su afán de decir últimas palabras en todo. Todo ello, apoyado en la convicción de que son absolutamente imprescindibles, de que todo el mundo está esperando su presencia y sus palabras como el pueblo judío esperaba el maná en el desierto, y de que el resto de los mortales no podría arreglárselas sin su presencia.
Igualmente, existen políticos que podrían ser comparados con los "toreros bailarines", esa especie de pegapases que se dedica básicamente a componer la figura, que se limita a acompañar la embestida con cierto desmayo mientras saca mucho el culo, y que, además, da saltitos estilosos y hace morisquetas graciosas cuando piensa que acaba de resucitar a Belmonte con su actuación. Y que no saben que el sitio, ante el público, no se gana con cuatro detalles y en una tarde. El sitio, en los toros y en la política, se gana tarde a tarde, una detrás de otra, haciendo faenas serias y jugándose los muslos. Lo demás es teatro, puro teatro.
Hay muchos políticos que piensan que el acceso a un cargo público los hace distintos y superiores a los demás. Sin saber que el cargo público no viste a nadie. Eres tú el que tiene que vestir el cargo público. Al final, todo político sin sustancia acaba quedando en pelotas, como el Rey Desnudo del cuento.
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