Artículos

Antonio Brea

Violencia política

Se equivocan los diputados derechistas en su menosprecio de Irene Montero

23 de diciembre 2022 - 01:46

Afirmaba Marinetti, exaltado teórico de la vanguardia artística futurista, que la sangre no tiene valor ni esplendor alguno, si no es libertada por el hierro o por el fuego, de la prisión de las arterias. Irracional planteamiento que configuró toda una estética de la beligerancia, anticipando los combativos ideales de una hornada de europeos que perdura en la memoria colectiva bajo los estigmas de la culpabilidad y la derrota.

Por norma general, para quienes ya hemos superado el ecuador de la existencia, este tipo de retórica, que pudo fascinarnos en cierta etapa de la lejana mocedad, se antoja obsoleta. La sabiduría acumulada por el paso del tiempo, así como el instinto de conservación, aguzado ante la proximidad del desenlace del periplo terrenal, nos vuelve más cautos y moderados, amén de consolidar en nuestro entendimiento los pacíficos principios en los que fue educada la propia generación, heredados de la Ilustración y del Evangelio.

Las ejecuciones de liberales en el reinado de Fernando VII; las guerras carlistas; los motines populares; los pronunciamientos de los espadones de turno; los arrebatos de anticlericalismo; los magnicidios de Prim, Cánovas, Canalejas y Dato; las bombas anarquistas; el pistolerismo como dialéctica de las Españas enfrentadas en la Segunda República; los horrores de la Guerra Civil; los fusilamientos del régimen franquista; las incursiones de los maquis; los abogados tiroteados en un edificio de la calle Atocha; los centenares de víctimas de ETA y Grapo; los salvajes zarpazos del islamismo radical en Madrid y Barcelona; la fallida insurrección independentista; los altercados y desmanes en cada manifestación de los "antisistema"; el asesinato de los tirantes...

Los españoles sabemos mucho de las trágicas consecuencias de la violencia política durante los últimos doscientos años. Por ello, conferir semejante rango a los excesos verbales que los grupos de la oposición dirigen a una polémica ministra, obedece a un nivel de impostura tan alto que merece tomárselo a risa.

No obstante, no se puede despachar con guasa esta tendencia, en cuanto es el enésimo síntoma de la progresiva degradación de los debates parlamentarios, cada vez más reducidos a un concurso de chascarrillos, ora ingeniosos, ora ofensivos, entre unos portavoces que encontrarían su adecuado lugar en cualquier frívola tertulia de la televisión.

Se equivocan gravemente los diputados de los partidos derechistas de la cámara, en su menosprecio hacia la personalidad de la titular de la cartera de Igualdad. Doña Irene Montero es mucho más que una señora que hace carrera a la sombra de su pareja sentimental. Una amplia masa de compatriotas, especialmente mujeres jóvenes con estudios medios y superiores, estiman a la locuaz psicóloga madrileña como una referencia ética e intelectual de primer orden. Lo que sin duda es, para algunos de quienes llevamos años siguiendo su trayectoria desde la distancia, un signo adicional de esta época crepuscular que nos ha tocado padecer.

stats