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Tomás García Rodríguez

La amarillita acacia del Japón

Conocida desde antiguo como árbol de las pagodas, está presente desde hace milenios en los jardines de templos y santuarios orientales

17 de julio 2021 - 01:46

La denominación común de acacia del Japón de esta sugerente planta es doblemente desconcertante, pues no es una verdadera acacia ni es originaria del país del sol naciente, sino de China, estando naturalizada en Corea y Japón; sería introducida en Europa en el siglo XVIII por un misionero jesuita francés, aunque su expansión no se produce hasta el siglo XX. Su primitivo nombre genérico de origen árabe -Sophora- la describe mejor, traduciéndose como amarillita por el color crema pálido que muestran sus pequeñas flores, las cuales se abren en racimos paniculares a comienzos de verano y alegran los cálidos días del estío, cuando se mitiga el colorido de la arboleda urbana. Sus frutos son legumbres estranguladas con semillas globosas que cuelgan largo tiempo a modo de rosarios implorantes y que nos transportan a sus misteriosas regiones ancestrales de Oriente.

Conocido desde antiguo como árbol de las pagodas, está presente desde hace milenios en los jardines de templos y santuarios orientales con sus piadosos frutos, mientras las hojas y flores se utilizan tradicionalmente para infusiones de té; actualmente, se extrae de la planta un principio activo para combatir enfermedades cardíacas. Resulta interesante la jerarquía establecida en la cultura china desde hace más de tres mil años con relación a los árboles conmemorativos plantados en los cementerios, manifestándose una escala según la relevancia social, comenzando con los sepulcros de la familia real: el pino estaba reservado a los reyes y la tuya a los príncipes; la sófora era también muy estimada y se dedicaba al alto nivel nobiliario, rango superior al del jabonero de la China, erigido en las tumbas de escritores, poetas y eruditos; los álamos se situaban en el escalón inferior, exornando los enterramientos del pueblo llano en general y formando alamedas en caminos, riberas o paseos.

De mediano porte irregular, las sóforas abundan en jardines, calles y plazas de Sevilla: atrayentes en el Parque de María Luisa, donde tapizan una de sus avenidas emblemáticas, la de Pizarro, vulgo de las sóforas; insinuantes en la plazuela de Refinadores de la judería junto al altivo don Juan Tenorio; brillantes en la Ronda de Triana... Son llamadas falsas acacias junto a las robinias y las acacias de tres espinas, aunque la belleza que todas ofrecen no es ilusoria, vacua ni superficial, sino esplendorosa.

Antiguos relatos legendarios atribuyen la presencia de eternos espíritus en los encantados bosques primigenios de sóforas, de traviesos diablillos y etéreos seres celestiales, de musas de la felicidad, la poesía y la belleza, así como de animales sagrados y seres humanos en perfecta conjunción mística con el universo...

"Cercada por ladrillos y cemento,/ por asfalto, carteles y oficinas,/ entre discos de luz, entre bocinas/ una acacia cautiva busca un viento./.../ Busca la presurosa golondrina,/ no la brutal tristeza del ladrillo/ que finge roja sangre en cada esquina" (Rafael Morales).

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