Vía Augusta
Alberto Grimaldi
23-F: más que una desclasificación
Alberto Rodríguez quería ser periodista como una emulación televisiva de Lou Grant. El cine se cruzó en su vida, se ha convertido en uno de nuestros cineastas más solventes, pero en la serie Anatomía de un instante ha vuelto al periodista que quería ser para realizar un trabajo de documentación impecable. Un hecho real con el filtro de un trabajo de ficción, la novela Anatomía de un instante, de Javier Cercas, que leí en Ayamonte a la par que El viajero del siglo, de Andrés Neumann.
El instante ha cumplido 45 años y pronto será el viajero del medio siglo. Yo tenía 23 años cuando el 23-F. Rafa Gordillo también, y un día después cumplía los 24. Le chafaron el cumpleaños. No soy de series, pero la noche de la víspera del aniversario me vi los cuatro capítulos seguidos, sin pestañear. Un viaje en el tiempo.
No sé qué da más miedo: lo que pudo pasar y no pasó, lo que pasaba y a veces parece que lo olvidamos o simplemente el paso del tiempo. De los tres mosqueteros que protagonizan la historia de este club Dumas sólo queda D’Artagnan. Murieron Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado, y el único superviviente es el rey emérito Juan Carlos I, en su autodestierro de Abu Dhabi.
El mismo día 23 de febrero de 2026, 45 años después, el programa Mañaneros conectaba con Bilbao para mostrar imágenes de la repulsa en la Universidad por un acto de Vox. Jóvenes exhibían pancartas contra el fascismo con una vehemencia de portada de la película Novecento de Bertolucci. El rector consentía y legitimaba las algaradas. Es muy oportuno que Alberto Rodríguez sitúe en 1980 el carrusel de atentados de ETA contra militares y miembros de las fuerzas de Seguridad. Lo que pudo pasar no pasó, pero eso sí sucedió. En 1980 ETA asesinó a 98 personas. Casi una cada tres días. Eso da más miedo que las bravuconadas cuarteleras de unos militares a los que les había sobrepasado el tren de la historia.
Fascistas fuera. Más miedo debería dar la paulatina libertad de asesinos en serie. No sé si Pedro Sánchez leyó la entrevista que Efe le hizo a Quico Tomás y Valiente, hijo del ex presidente del Tribunal Constitucional asesinado por el etarra Bienzobas en su despacho de la Universidad, cuando hablaba por teléfono con su amigo el catedrático Elías Díaz. El vástago del jurista asesinado criticaba al Gobierno por haber pactado con los herederos ideológicos de esos asesinos por conveniencia política.
En la Universidad de Bilbao nunca se paralizaban las clases cuando ETA campaba por sus anchas en los años en los que la democracia pasó por la más difícil de sus encrucijadas. No había pancartas de Terroristas Fuera. No se guardaban minutos de silencio en los estadios y costaba Dios y ayuda, nunca mejor dicho, encontrar un sacerdote para hacerles a los fallecidos una digna despedida religiosa. Y eso que el clero vasco había recibido antes de ser Papa a Juan XXIII cuando era patriarca de Venecia. Curas y futbolistas nunca usaron su predicamento y prestigio moral y mediático para condenar esa página de la Historia que se quiere borrar por un puñado de votos. La noche siguiente, la 2 puso Apocalypse Now. Todavía se escucha la voz de Kurtz: ¡El horror, el horror!
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