El Currinche

Iñigo Ybarra

El ateo

02 de marzo 2015 - 01:00

ES fácil cruzarse por la calle Sierpes, la Avenida o Tetuán, con el hombre que anuncia las ventajas del ateísmo, que no son pocas según él. Lleva bien agarrada el asta de la pancarta y camina muy erguido y muy serio, pero su seriedad se antoja señorial, nada antipática, de las que marcan distancias sin menoscabo del afecto, como la de los abuelos antiguos. Sus pasos parecen de garza, y su mirada se pierde en un punto indeterminado sin que la desvíe ni una sola vez a izquierda o derecha. Avanza muy concentrado en sus cosas. No es un modelo de elegancia pero viste mejor, o con mayor gusto al menos, que gran parte de los viandantes con los que se cruza. Las proclamas escritas con esmero en el cartel que pasea con tanto empaque son breves, sencillas y cambian con el tiempo: "El ateo nunca peca". "No seas esclavo, el ateísmo es libertad". Se ve que le gustan los mensajes concisos y directos. Se estará a favor o en contra de su creencia, o mejor dicho, de su no creencia, pero en lo suyo el hombre demuestra ir sobrado de fe.

Resulta enternecedor verlo pasar; recuerda al Quijote proclamando la belleza de Dulcinea ante un público al que lo mismo da cinco que veinticinco porque, hoy en día, el relativismo de las creencias anula los principios y todo da un poco igual. Algunos transeúntes leen el letrero al vuelo y sonríen. Por contra él es un ateo sin fisuras, de pura ley, un ateo cuyo convencimiento le incita a salir a la calle para animar a los pobres creyentes a salir del error; y sin embargo hay algo en su persona, no sé, quizá en su forma de mirar, de andar o de llevar tan enhiesta la pancarta, que animan a pensar en el origen divino de su ateísmo. Un asunto así no deja de tener su intríngulis.

En Sevilla siempre fructificaron personajes de credos muy definidos y exaltados. Será asunto del clima o de la luz, pero también pudiera deberse a los efectos que en la personalidad produce engullir aceitunas del Aljarafe o mostachones de Utrera; cualquiera sabe por qué unos piensan de una manera y otros de otra. En el siglo XVI, al igual que pasara en Valladolid, aquí brotaron alegremente los luteranos. En ninguna otra ciudad española hubo tal movida. La Inquisición, que por aquel entonces no se andaba con chiquitas, se puso las pilas y de aquellos desgraciados no quedó ni el polvo de sus huesos.

Gracias a Dios nuestro ateo va muy tranquilito por las calles.

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