¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
Si todos los Mundiales dejan una imagen simbólica para la posteridad (el alborozo del viejo Pertini en España 82, el brazo en cabestrillo de Beckenbauer en México 70, el cabezazo de Zidane a Materazzi en Alemania 2006), Qatar 22 está claro que dejará el "¿Qué mirás, bobo?" de Messi dirigido a un contrincante holandés al final de una marrullera eliminatoria. Quienes creen que el mundo empezó ayer, y olvidan todas las obras maestras cinematográficas anteriores a El Padrino, y piensan que Foster Wallace fundó la literatura moderna, proclaman que Messi ha sido el mejor jugador de la Historia y afirmarán que lo perdurable de Qatar 22 es que por fin ha sido campeón del mundo. Mi señor padre, que vio jugar a todos los grandes, de Di Stéfano a Messi, siempre destacó a Di Stéfano, Cruyff y Maradona (Pelé apenas se vio en Europa; en su lugar solía citar al portugués Eusebio). Messi, sí, es una estrella, pero no ha hecho jugar a sus equipos desde cualquier puesto, como los dos primeros, ni ha igualado la genialidad del tercero, capaz de ganar dos veces una liga potente y una copa europea con un equipo de segunda fila, capaz de sobresalir cuando la palabra tarascada llenaba las crónicas futbolísticas y las enfermerías de los grandes clubes.
Así que, pese al orgásmico deseo de tantos de que este Mundial sea recordado por la coronación de Messi, que subliman el tan contundente como mediocre fútbol de su selección y dos jugadas aisladas del astro, algunos sólo recordaremos su "¿Qué mirás, bobo?" y la exagerada proliferación de ilustraciones corporales entre los futbolistas. Hasta él, que cuando Xavi e Iniesta, de pieles inmaculadas, lo hacían brillar más, lucía una piel sin grafiar, también se ha apuntado a la moda y, como tantos otros, ahora muestra un brazo recargadamente tatuado. Es tiempo de bobos ilustrados, si poco por el lado intelectual del adjetivo, sí mucho por el pictórico. Y tal vez por ello un equipo capitaneado por Modric, que parece contemporáneo de Giresse, Cardeñosa o Sócrates, y otro, como Marruecos, que alinea once jugadores que no exhiben pieles que recuerden a serigrafías hechas en talleres de distrito, estaban condenados a dejar la cima del podio a quienes creen que la pelota, cuanta más tinta se lleve tatuada, mejor entra. España, con su más ilustrado bobo en el banquillo, atorado de huevos (de los que en Estados Unidos 94 anduvo falto, por cierto), poco tenía que hacer. Por lo demás, esperemos que la resaca de este extraño Mundial, fuera de lugar y de calendario, no afecte demasiado a los equipos que nutren a las selecciones, especialmente al club sevillano que, quién lo diría en tan aciaga temporada, era el segundo que más jugadores aportaba a las semifinalistas, igualado al tercero de la otra terna, sempiterna, que desde ya volverá a rellenar, hasta el hartazgo, horas y páginas en los medios de comunicación deportiva españoles.
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