La aldaba

Carlos Navarro Antolín

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El brillo de Pepe Cobo y la Isla de la Cartuja

Visitas la exposición que triunfa en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo y sufres, ay, el contraste con el exterior

Pepe Cobo y la consejera de Cultura, Patricia del Pozo

Pepe Cobo y la consejera de Cultura, Patricia del Pozo / Juan Carlos Muñoz (Sevilla)

Casi treinta años después de la Exposición Universal, la Isla Cartuja de Sevilla sigue exhibiendo esa estética, ese ambiente y esa atmósfera inhóspitos que obligan a reeditar aquella vieja teoría del divorcio de la ciudad con una de sus zonas que más gloria le dio a finales del siglo XX. Lo meditaba al pasear por la avenida Américo Vespucio con Pepe Cobo después de visitar la muy recomendable exposición La máquina española , organizada en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo bajo mandato de la consejera Patricia del Pozo, gracias a las donaciones de este ilustre emprendedor, una muestra que evoca aquella gloriosa galería de la calle Pastor y Landero de Sevilla, pionera en el ámbito cultural andaluz, que luego clavó una pica importante en Madrid. Una exposición con obras de jóvenes artistas y con artículos de periodistas de renombre como Manuel Ferrand, Manuel Lorente, Francisco Correal o Félix Machuca.

Aquella Andalucía de los años ochenta en la que Cobo puso riesgo, emprendimiento, criterio y exquisitez tiene poco que ver con la de 2021, pero se parecen en algo: la Cartuja sevillana sigue revestida con la toga del desarraigo. Si no es por las chimeneas del viejo monasterio y por los recuerdos que varias generaciones de andaluces tienen de la Muestra, aquello parecería el polígono industrial de cualquier ciudad de medio pelo. Pintadas, abandono, farolas rotas, pavimentos agrietados. La Cartuja es un vago recuerdo de la brillantez del 92, el ejemplo de una ciudad que supo, pudo y logró, pero no pudo mantener el brillo. Enriquece admirar la exposición de Cobo, basada en los años ochenta, y comprobar cómo las personas, los artistas, la prensa y gran parte de la ciudad ha evolucionado, pero no un territorio en particular de la ciudad. Pellón murió y la ciudad sigue divorciada de la Cartuja.

Tal vez el error está en que no hay vecinos que duerman en la isla, porque no existe el uso residencial en tantas hectáreas de ciudad; quizás en haber mantenido el horror de esas vallas tubulares que se distribuyen sin criterio, o en no haber sido capaces de buscar alternativas al lago, el monorraíl y tantas infraestructuras oxidadas. Hay más respeto y mimo al pasado en la muestra de Cobo que en la propia Cartuja, donde a duras penas se percibe algo de vida en la terraza de algún establecimiento de evocación poligonera más que de territorio que un día pisaron los príncipes de Gales, el secretario de Estado del Vaticano o tantos jefes de Estado.

Hay más vida en los textos ochenteros de Correal, Machuca, Ferrand o Lorente que en la isla que sigue divorciada de la ciudad. Al menos, gracias a Cobo, visitamos a esa hija descarriada de la ciudad que es la Cartuja. Y la cortejamos un rato.

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