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Azul Klein

Charo Ramos

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El cáliz de plata

Mientras añoramos a los armaos de la Macarena, los péplum alivian el ansia de ver desfilar sandalias y túnicas

Sin Semana Santa en las calles, sin armaos de la Macarena ni otras representaciones de los pretorianos de Pilato, hay que agradecer que Trece TV alimente con holgura el ansia de ver sandalias y túnicas. El coronavirus ha laminado muchas de las más queridas tradiciones sevillanas pero, por fortuna, no ha dado al traste con la posibilidad de revisar desde casa nuestras películas favoritas de romanos. Son los días grandes del péplum, el género que vivió su Edad de Oro entre los años 50 y 60 con títulos como Espartaco de Stanley Kubrick y Kirk Douglas y, por supuesto, Ben Hur y sus 11 Oscar para el enfrentamiento épico entre dos viejos amigos y una carrera de cuádrigas cuyas connotaciones homoeróticas han inspirado abundante literatura.

La maestría de estas obras aún no ha podido desterrar de las pantallas a esas otras superproducciones fallidas y anacrónicas entre las que una, a poco que lo intente, encontrará verdaderos tesoros. Es el caso de El cáliz de plata (1954) de Victor Saville, la película con la que debutó en el cine Paul Newman y de la que renegaría el resto de su carrera considerándola su peor trabajo. El actor llegó incluso a pagar páginas de publicidad para pedirle a la audiencia que no viera semejante bodrio. Peculiar precuela de la leyenda del Santo Grial, Newman encarna al escultor y orfebre Basil, que recibe de José de Arimatea el encargo de tallar los rostros de Jesús y los Doce Apóstoles en un recipiente de plata que preservará la copa que el Mesías empleó en la Última Cena. Frente a la actuación hierática de este Newman juvenil en faldas griegas es Simón el Mago, interpretado por el genial Jack Palance, quien se adueña de la historia, así como su pareja la meretriz Helena, el amor juvenil de Basil y a quien da vida una sensual Virginia Mayo.

El cáliz de plata, que Trece TV ofreció fielmente este lunes, es un ejemplo más de las lecciones que arrojan las obras fallidas. Hoy nos conmueve por su potente identidad visual, resultado del diseño artístico que firma Boris Leven, con sus decorados metafísicos y esas arcadas que recuerdan a Giorgio de Chirico. La teatralidad de las escenografías de Leven impresionó tanto al adolescente Scorsese que nunca las olvidó y, muchos años después, fichó a este arquitecto y artista de orígenes rusos como diseñador de producción de sus filmes New York, New York y El último vals. En ese salto que va de de las ambientaciones de El cáliz de plata a los bocetos que Leven tomó en el norte de África para La última tentación de Cristo, un rodaje del que lo apartó la muerte, hay tanto arte como épica religiosa. Para los partidarios del fracasar mejor, esta moraleja: aquel péplum que avergonzó a Newman cada año va adquiriendo más solera y no es descartable que algún día un arquitecto de renombre lo convierta en un título de culto.

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