Antonio Zoido

Historiador

La carga de los húsares

La ordenación del mundo en el que vivimos hasta ayer ha demostrado estar obsoleta

En la Primera Guerra Mundial la caballería del Imperio Austro-Húngaro entró en batalla con sus húsares vistiendo chaquetillas de colores y haciendo centellear sus sables; dos años más tarde los soldados lucían uniformes marrones, los tanques y aviones habían sustituido a los caballos y el Imperio de los Habsburgo agonizaba. De cada una de sus crisis la humanidad ha salido con la posibilidad de abordar nuevas metas o persistir en quedarse en la situación anterior. Esto último fue lo que sucedió, precisamente, tras aquella contienda y por eso, en menos de veinte años, el mundo se vio metido en otra de la que salió con cerca de cien millones menos de personas, la bomba atómica y dividida en dos bloques antagónicos que amagaban pero no daban, porque ambos temían el desencadenamiento de un conflicto iniciado con el artefacto y terminado en el Dies Irae.

La división planetaria en los bloques capitalista y comunista parecía irresoluble hasta la "lucha final", anunciada desde mediados del XIX en el canto de La Internacional; se resolvió, sin embargo, en un plis-plas al caer (sin un solo tiro) la Unión Soviética al principio de los años 90. Pero, contrariamente a lo que pudiera suponerse, el peligro atómico no sólo no desapareció, sino que se convirtió en una especie de amenaza de regímenes variopintos, tomados aparentemente en serio sólo por el Pentágono para justificar el arsenal nuclear estadounidense e imponerlo como el único polvorín bondadoso y la única garantía -no se sabe por qué-- contra la Aniquilación.

Ha sido la Gran Mentira hasta que, hace unos años, descubrimos gracias a internet que también había otras y se convertían en armas electorales que llevaban al poder a personajes nauseabundos; ahora la pandemia ha puesto al descubierto que tampoco es ya necesario un artefacto atómico para el Horror.

Está claro que la ordenación del mundo en el que vivimos hasta ayer ha demostrado estar obsoleta y deberíamos pensar cómo marchar hacia uno nuevo pero, por extraño que parezca, cada cual sigue empeñado en ganar yendo hacia atrás. Los ya caducos arsenales nucleares siguen intactos, continúa bailando como caja de música la Bolsa, los aviones del low cost pagan su plaza de parking en aeropuertos inútiles que obtienen con ello sus primeras (y últimas) ganancias, las marcas de coches afilan sus ofertas, los restaurantes piensan en llenos hasta la bandera… Seguimos ciegamente la mecánica anterior.

El orden mecánico y ciego sirvió a las hormigas para sobrevivir durante millones de años (aunque no las hizo avanzar avanzar un milímetro en su evolución) fue el mismo que derribó a los imponentes jinetes de Sissi Emperatriz, evidenciando que el devenir de los seres humanos se regía por reglas bien distintas: ni más ni menos que la de la reflexión ante disyuntivas múltiples y la de atreverse a proponer soluciones beneficiosas para todos como, en su tiempo y en otras circunstancias, se hizo en la romanización, el Renacimiento, la Ilustración sin tener que recurrir a la inútil carga de los húsares.

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