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Tomás García Rodríguez

Las cartas de llamada a las Indias

Una mujer no podía conseguir el visado para las Indias sin la misiva de reclamo del marido

28 de febrero 2019 - 02:31

La relación epistolar ha sido el modelo de comunicación más aceptado y utilizado desde los comienzos de la escritura y alcanzó un auge extraordinario en época grecolatina, con una relevancia superior al mensaje estático y monolítico del retrato; así escribía Cicerón a su hermano Quinto Tulio: "Te he visto por entero en tus cartas...". Las enviadas muchos siglos después entre el Viejo y el Nuevo Mundo, tras el Descubrimiento, adquirieron una importancia capital.

Entre los legajos que se conservan en el Archivo General de Indias de Sevilla destacan las denominadas Cartas de Llamada, las cuales contienen peticiones de colonizadores españoles que requerían a sus esposas, hijos, sobrinos o amigos de cualquier rincón de España su presencia en las nuevas tierras conquistadas. Cualquier persona necesitaba una licencia, concedida por el Consejo Real de Indias, y el registro final en el libro de Pasajeros a Indias de la Casa de Contratación, que desempeñó su labor en nuestra ciudad entre 1503 y 1717, para embarcar en la Flota de Indias de Sevilla y realizar un aventurado viaje de varios meses.

Una mujer, por sí misma, no podía conseguir el visado para la travesía atlántica sin la misiva de reclamo del marido u otro pariente establecido en estos territorios transoceánicos. Los casados con cónyuges en España podían permanecer en las colonias tres años como máximo y, si no regresaban, se enfrentaban a multas o cárcel; de ahí la llamada y el requerimiento ardiente en algunas ocasiones. Antón de Beas, en 1517 desde México, suplica a su esposa Leonor que permanece en Sanlúcar de Barrameda: "Señora y mujer, mira que en vos está mi vida y mi muerte..." o Antón Sánchez confiesa, en 1590 desde El Cuzco, a su esposa María de la Paz que reside en Sevilla: "Mujer mía de mi vida, ésta os escribo con más deseo de veros que de escribiros...". Las solteras necesitaban también la constancia oficial de un acuerdo matrimonial con un poblador residente allá y era imprescindible, para todos, la certificación de "limpieza de sangre judía o mora o de condenado por la Inquisición", siendo tildados de llovidos a los que conseguían llegar de forma clandestina a puertos de ultramar.

Hoy apenas se escriben cartas personales y son los mensajes virtuales transmitidos por mecanismos electrónicos los que imperan en todo el mundo desarrollado. Haciendo una transposición ideal, no imagino cómo hubiera funcionado esta correspondencia rápida y etérea en tiempos de la colonización, pero de lo que sí estoy seguro es de que los correos no habrían llegado hasta los depósitos del Archivo de Indias cargados de tanto sentimiento, sufrimiento y amor como destilan estas maravillosas epístolas rogativas, que constituyen un tesoro de valor incalculable para nosotros y las futuras generaciones.

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