La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El dato oculto del coronavirus

Hay entidades con áreas sociales potentes que reciben demandas no ya de dinero o alimentos, sino de atención psicológica

El dato oculto del coronavirus

El dato oculto del coronavirus / M. G. (Sevilla)

CINCUENTA pueblos de la provincia de Sevilla llevan ya dos semanas libres de coronavirus. El mundo supera poco a poco la pandemia. Los repuntes, si los hay, son de momento leves. Hemos dejado de mirar los ingresados, los recuperados y los contagiados, como un bendito día nos desentendimos por fin de la prima de riesgo. Pero ningún estadillo diario nos informa de la cantidad de personas con sufrimiento moral, angustia, soledad, desasosiego y otras alteraciones que han provocado meses sucesivos de restricciones. No hay estadística de la cantidad de gente que acude a lugares de atención social no para pedir dinero, alimentos u otros artículos de primera necesidad, sino atención personalizada, compañía, conversación, calma, tranquilidad, equilibrio. Te lo cuentan en privado los asistentes sociales de las hermandades, que trabajan con un nuevo tipo de necesitado.

La crisis económica multiplicó los perfiles de pobres vergonzantes, entre ellos el de los que perdieron sus muy cotizados trabajos y todavía no han recuperado el nivel o sencillamente no se han levantado de la caída. Esta pandemia, de la que esperamos estar viviendo los coletazos, genera un nuevo reto para las asistencias:el que se ha quedado tocado por la zozobra que genera la soledad y el consumo de informaciones sobre la evolución del virus. Hasta hay algunos que siguen con miedo a salir a calle, pero no salen en las estadísticas de cada mañana. Basta mirar cuantísima gente continúa con la mascarilla puesta en la vía pública. Los comercios se han relajado y no obligan al uso de gel en las manos, pero son muchos los ciudadanos que mantienen la cautela de la mascarilla. Al verlos recuerdo el testimonio de quienes están en el frente de la asistencia social y te detallan la cantidad de personas de todas las edades que acuden para pedir ayuda psicológica. Hay señores mayores, con buena salud mental y con capacidad de movilidad, pero que han cogido miedo a la calle, a los actos públicos, a entrar en un centro sanitario, a realizar una mínima gestión presencial.

Y hasta quienes consideran que estábamos mejor recluidos, con España cerrada, cada cual en su casa y Dios en la de todos. Igual que hay bolsas de caridad que habilitan despachos con accesos discretos para preservar la identidad de los demandantes de dinero o productos básicos, hay ya hermandades que organizan lo mismo, pero para la atención psicológica. Nuevos tiempos, nuevas amenazas, nuevas necesidades. Y en ese frente hay ya cofradías en acción para orgullo (discreto) de la ciudad.

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