La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El ejemplo del doctor Rodríguez Sacristán

La medalla se le queda chica a quien ha contribuido a una Sevilla mejor al traer la Psiquiatría Infantil a la ciudad

El doctor Jaime Rodríguez Sacristán.

El doctor Jaime Rodríguez Sacristán. / D. S.

Muñoz Molina insta a los periodistas en uno de sus libros (Todo lo que era sólido, Seix Barral) a dar a conocer en los medios de comunicación a ciudadanos que hayan hecho cosas sustanciales por la sociedad, y no a tanto pantuflo que anida en las páginas y en los platós con una frecuencia reprobable. El principal logro de un alcalde es que al final de su mandato deje la ciudad mejor que cuando accedió al cargo, con mayor calidad de vida, mejores transportes, más parques, etcétera. Es así de sencillo. No hacen falta grandes proyectos.

Ahora que ha salido la lista de distinguidos con la Medalla de la Ciudad, hay que celebrar algunos nombres, entre ellos me permitirán que hoy destaque el de don Jaime Rodríguez Sacristán, un rostro de bondad en la Sevilla envidiosa, una mirada serena en la sociedad con prisas y un defensor de la ternura en estos tiempos de crispación. Celebro que el oro de la ciudad recaiga en quien tanto bien ha hecho por los más necesitados de ayuda: los niños. Pudo hacer una carrera brillante en Francia, donde en tiempos estaba la vanguardia de la Psiquiatría Infantil, pero decidió lo más difícil: traer la vanguardia a Sevilla.

La Psiquiatría Infantil en Sevilla no existía. Él puso los cimientos para que los niños fueran tratados como niños, no estigmatizados como locos, raros o con otros adjetivos carentes de caridad. Rodríguez Sacristán humanizó a los niños como pacientes. Autismo, asperger, atención temprana, estimulación precoz… Comenzó a promover en Sevilla una serie de conceptos y denominaciones que antes eran desconocidos o, mucho peor, eran sintetizados en términos duros. Tras su jubilación puede sentir la felicidad de los alcaldes que terminan el mandato y dejan una ciudad más habitable, porque él como médico, escritor y humanista ha hecho que la sociedad sea efectivamente mejor.

Cientos de niños, hoy ya adultos, lo siguen recordando, guardan en su memoria la caricia cariñosa en el pelo con la que saludaba a esos críos que antes eran orillados por falta de tratamientos. Lástima que hoy no exista ya la cátedra de Psiquiatría Infantil. Tal vez esta medalla sirva para que el rector de la Universidad de Sevilla y el decano de Medicina tomen nota. La ciudad y la propia distinción ganan con la designación de un hombre nacido en Benaoján (Málaga) que ha invertido sus mejores años en crear, innovar y mejorar en una parcela fundamental como el de la salud mental. Muchos niños de España y de Iberoamérica lo saben bien. Y sobre todo y por encima de todo es un verdadero señor al que no le oirán hablar mal de nadie. La medalla se le queda chica, porque ha hecho muchas cosas sustanciales.

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