Sine die

Ismael / Yebra

Esa gente maravillosa

17 de diciembre 2015 - 01:00

CADA vez que se acercan las elecciones me acuerdo de Gundisalvo. El personaje creado por Antonio Mingote lanzaba a la opinión pública las frases más sensatas que se escuchaban en la campaña electoral. Desde el vóteme, a usted que más le da, a esa promesa de estoy dispuesto a salvar a todos los españoles, incluso a los que no quieran o no se dejen, el artista conseguía decir en clave de humor lo que era arriesgado decir de otra manera.

Aparte de que se está perdiendo el sentido del humor y la gente está cada vez más crispada, ya no hace falta que un humorista nos dé esa visión. La campaña electoral, sin necesidad de acudir a la metáfora, es ya de por sí un auténtico espectáculo por no decir un esperpento. Los candidatos no aportan argumentos, no discuten temas de trascendencia social o interés general ni hacen propuestas de futuro, sino que se dedican a sacar trapos sucios y a jugar al tenis de mesa o hacer zumos de fruta.

Son gente maravillosa, padres responsables, eficaces gestores que prometen la felicidad total y la panacea, la medicina capaz de curar todos los males. Lástima que todo se desvanezca apenas pasan las elecciones. El día después todos estarán felices, todos habrán sido triunfadores. En cuatro años ya no volveremos a verles pasear por los mercados de abastos, besar niños, abrazar ancianos o regalar flores a los viandantes. Se recluirán en su cueva y se aislarán tanto del mundo que les rodea que no serán capaces de saber lo que cuesta un café en la calle o lo que valen los chuches.

Si uno tiene memoria podrá comprobar la diferencia entre lo que se prometió y lo que se hace, la distancia entre lo que se aparentó y lo que se es. A medida que uno va cumpliendo años se va haciendo cada vez más escéptico, pero acaba dejándose engatusar finalmente por los políticos, como esos calvos que cada año compran un nuevo crecepelo, aún sabiendo que será un absoluto fracaso. Lo último que hay que perder es la esperanza, está claro, pero molesta el espectáculo al que asistiremos días después en el que los escaños se subastarán al mejor postor como si fuera la lonja del pescado.

No hay duda: son gente maravillosa. La culpa es de los ideólogos y de los asesores de imagen que los manejan a su antojo como si fueran marionetas en contra de su voluntad. De todo lo visto y oído en estos días, sin lugar a dudas, me quedo con Gundisalvo: ¡Qué más nos da!

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