Crónica personal

Pilar / cernuda /

Una gran mentira

POR qué lo publica cuando todos los que lo pueden rebatir -Sabino, Armada, Calvo Sotelo, Suárez- están muertos? ¿Por qué no lo publicó cuando lo supo, teniendo en cuenta que las "confesiones" que recoge se produjeron hace treinta años?

Se presenta este jueves y Pilar Urbano, sin ningún género de dudas, hará una buena caja, pero su libro -del que sólo conozco las páginas de la prepublicación y en diagonal, porque era tanta la indignación que no quise leerlas a fondo- es una mentira desde el principio hasta el final. Permitan que hable en primera persona, pero algunas de las cosas que cuenta las viví de primera mano y no son como ella dice; también, como ella, he hablado con los protagonistas de aquel episodio, y les he escuchado elogiar lo que hizo el Rey aquella noche. Incluso Suárez me dijo en una ocasión que si el Rey era el muñidor del golpe, como aseguraban algunos que le querían mal, no tenía más que cruzarse de brazos para que triunfara; ni siquiera estaba obligado a participar de forma activa arengando a los levantiscos. Al contrario, lo desarticuló a golpe de teléfono llamando uno a uno a los capitanes generales y dándoles las órdenes que sólo podían aceptar de un superior, el comandante en jefe de los ejércitos, el Rey.

No es la primera vez que Urbano cuenta lo que le gustaría que fuera y no lo que es, ni la primera vez que un entrevistado, o dos, o veinte, se quejan al director de turno -Campmany tuvo mucho que aguantar- porque ponían en su boca lo que jamás habían dicho. Lo ocurrido con el segundo libro de la Reina es de todos conocido, pero sigue empeñada en dar su versión de las cosas, versión malintencionada, falsa, mendaz, como si se ciñera a la realidad. Lo peor es que hay quien la cree, aunque en la profesión ya todos saben de qué va y no hay quien no cuente con algún episodio directo que le obliga a colocarse en el lado de los que han sido víctimas de sus escritos. Lado en el que ya hay multitudes. Pregunten a las periodistas de la Transición que formaron parte de Los Desayunos del Ritz, y que les cuenten por qué se tuvo que disolver ese grupo.

Sin embargo, nunca había llegado al grado de cobardía de ahora: lanzar acusaciones brutales contra el Jefe de Estado, cuando ya no vive ninguno de los que pueden desmentir lo que pone en su boca.

Esta profesión de periodista atraviesa momentos bajos, no sólo por la precariedad del trabajo sino porque ha sufrido una evidente falta de credibilidad.

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