El hijo de Peter Sellers (4)

En mi casa debía hablarse de forma correcta, y esa máxima lindaba a veces con la cursilería. Éramos de clase media pero nuestras maneras parecían sacadas de 'El pequeño lord'

El hijo de Peter Sellers (4) El hijo de Peter Sellers (4)

El hijo de Peter Sellers (4) / Rosell

En mi infancia no me extrañaba que Concha Velasco encarnara un día a Teresa de Jesús y al siguiente cantara Mamá, quiero ser artista, porque yo precisamente de niño me debatía entre la mística y la actuación, y muy a menudo ambas ramas se confundían. Me apasionaban las vidas ejemplares de los santos, llenas de prodigios y de sorpresas, especialmente la historia de Santa Isabel de Hungría, que llevaba pan para los pobres escondido en el manto y, al ser descubierta, la mercancía se le transformaba por la gracia de Dios en rosas. Yo, les juro que lo hacía, más de una vez me oculté el Tigretón dentro de la camiseta para ver si éste mutaba en flores, aunque fuera en unas simples margaritas, pero no hubo suerte.

Antes les hablé de J, pero mi mejor amigo durante la niñez fue Dios, y Él era claramente con el que más charlas tenía. Como los mártires cuyas biografías devoraba, yo creía en ser bondadoso y en servir a los demás como modos de estar en la vida, aunque defendía esos valores por puro egoísmo: si una de mis hermanas mayores, L, me pedía, por ejemplo, que le trajera las zapatillas (no teníamos perro y yo era en cierto modo la mascota de la familia) yo atendía solícito su ruego porque juzgaba que así me querría más. Era un santo de mentirijillas, un fariseo y un interesado, porque con mis buenas acciones no buscaba tanto ayudar al otro como el reconocimiento propio.

En todo caso, a Dios lo quería mucho, no se crean lo contrario: le escribí una carta preciosa impregnada de sentimiento; yo quería que Él viera que yo era un buen chaval y que se sintiera orgulloso de mí, y así se lo expresaba en unas líneas. Dejé aquella hoja sobre la mesa, e imagino que mis padres la tirarían porque desapareció, pero en mi inventiva el folio se había desintegrado y llegado a manos de su destinatario sin necesidad de gastar una peseta en sellos. Correos debería tomar nota: el teletransporte parece un servicio idóneo para que los envíos no se demoren.

También por esa época sentía yo un miedo desmedido por el demonio, y haber leído algo sobre El exorcista me generó la inquietud de que podía meterse en mí el espíritu del mal. Recuerdo que esa posibilidad me colocaba en un estado cercano a la indisposición, con sudores fríos y mareos -tengan en cuenta que era un peliculero- y temía que la posesión me cogiera en mala fecha y nos fastidiara las vacaciones. Ya me perdí yo en la Playa de Regla una vez y fue todo un drama, imagínense si voy girando el cuello y vomitando puré de guisantes como la pobre de Linda Blair.

Si tratamos el asunto de la religión debo compartir una anécdota que se encuentra entre los greatest hits de mi biografía. En mi casa debía hablarse correctamente, y esa máxima lindaba a veces con la cursilería: no se podía decir váter, sino retrete; culo resultaba demasiado vulgar y a cambio se empleaba pompis; pertenecíamos a la clase media pero nos desenvolvíamos como El pequeño lord. Nuestra preocupación por un habla exquisita era tal que mi hermano E llegó a preguntarse si Tetuán, el nombre de la calle, demasiado cercano a la sonoridad de la controvertida teta, no debía considerarse una palabrota. Y en ese orden estaban vetados los vocablos que no fueran respetuosos con Dios o con la Iglesia. Yo tenía mi parte de clérigo intransigente: me gustaba señalar a quienes incurrían en una falta; me habían dicho que hostia era una blasfemia imperdonable, y se la oí a alguien en una tienda. La escena sucedió así: un tipo preguntó el precio de una palmera de chocolate y, al comprobar que no le llegaba el dinero, dijo la palabra prohibida. Hostia. Ah, el pobre hombre no sospechaba que ese niño que tenía detrás no estaba dispuesto a admitir tal irreverencia.

-¡Por Dios! ¡En una ciudad mariana! -exclamé yo antes de salir enfurecido de aquel comercio.

Les prometo que de mi pequeño e inocente cuerpecito salió esa construcción tan alambicada y adulta: Por Dios, en una ciudad mariana.

Cuando conté a mi familia lo que había ocurrido, mis hermanos mayores, I y G, se mofaron de mí ("Te han llamado del Festival de San Sebastián, para darte el Premio Don-Hostia") e idearon una divertida y malévola maniobra para fastidiar a ese chaval que emprendía una intensa campaña contra la blasfemia. Me grabaron diciendo la palabra en cuestión y enseñaron a mis padres el siguiente audio:

-B, se te ha caído una salchicha.

Y a continuación mi voz pituda de enano maldecía:

-¡Hostia!

Mis progenitores no se creyeron aquel burdo montaje, pero yo me cogí un tremendo berrinche. ¡Yo estaba en el lado correcto, no me correspondía la posición de hereje!

Por aquel tiempo empecé a salir de nazareno. Tenía el cabecero de la cama adornado con imágenes de la Semana Santa y me ilusionaba realizar mi primera estación de penitencia. Pero tengo la frente muy abultada y el capirote no me terminaba de encajar, se me movía durante el recorrido como una mesa coja cuando te apoyas; me quemaba las manos continuamente con la cera del cirio; el antifaz se me adhería a la piel y no me dejaba respirar y creía que me asfixiaba. Salir en una hermandad tal vez no esté destinado a los torpes y a los hipocondríacos. O tal vez, simplemente, los indicios empezaban a sugerir una evidencia: que en los años venideros yo no iba a ser el santo que me creía, sino un pecador más, otra alma descarriada.

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