La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Hartos de estupideces
NOVIEMBRE es el mes más triste. Según T. S. Eliot, abril es el más cruel. Según la luz abatida de las tardes y la depresión oropel de los árboles, noviembre es el mes más triste. La sostenible insignificancia del ser en el gran teatro del mundo, cuyos actores principales y secundarios son más bien marionetas. Cuyo público asiste anonadado a las representaciones. Cuyo atrezo es soberbio y su tramoya sofisticada e importada. Pero cuyo texto es paupérrimo, cutre e inverosímil; con diálogos prosaicos, cuando no rayanos en una chabacanería con lentejuelas. El gran teatro del mundo adolece de la falta de texto humano y humanista y lo fía todo a la espectacularidad escenográfica.
El mes más triste. Fotos de difuntos en los hogares tradicionales acompañadas de tenues llamas. Se recolecta la memoria de los idos. Fotos de difuntos de luto que a su vez guardan memoria por otros seres queridos que se fueron antes. Exaltación serena de la remembranza íntima con olfato de pena sedimentada y crisantemo sobre fondo juerguista y frivolidad naranja y negra de Halloween. Recordatorio floreado a medio camino entre el pésame y el pláceme. Terror de mentira que da risa, horror postizo de mercromina para el mes existencialista, manriqueño y nihilista de nuestros abuelos, que se morían en sus camas debajo de la salvaguarda de un crucifijo y le echaban la calabaza al cocido. Después del atracón de ladrillo España ha vuelto a la cotidianidad austera de las legumbres y los pucheros. El mes más triste es un pastiche sabio en cartografía humana. Su hermano menor, diciembre, crecerá cachondo, jubiloso y consumista.
El resto del año los cementerios son tumbas con flores, en noviembre parecen flores con tumbas con la esperanza igualmente sub iudice. Aunque la esperanza en esencia nunca se resuelve por mucho que vistamos de frac a los sepulcros. Lo que induce a pensar que la esperanza es indestructible, pura, última y humana a lo divino. Si cabe la posibilidad coherente de la ultratumba, queremos pensar que nuestros muertos viven desconocidos y ocultos como seguidores de Epicuro. Y así lo haremos nosotros llegado el día. Y en esta escatología, con un toque de esperanza y otro equivalente de pesadumbre, nos depositamos en el mes más triste como una flor migratoria que tiende un puente entre dos mundos.
Noviembre nos demuestra intuitivamente que el pasado no está muerto, pervive. Nos entrena en el rito iniciático de superponer los tiempos en la contemplación de una lápida. Pasado y presente. El presente, cuentan los cronistas, que se desmaya cada dos por tres en el retrete sórdido de las cifras y los porcentajes. El pasado, aun descompuesto, parece más entero y de carne y hueso. El mes más triste le comunica a nuestros silencios sepulcrales un silencio fino y alto que viene de más allá del mármol y de los epitafios. Un silencio con valor y sin precio, no apto para necios.
Noviembre tiene una careta de ceniza, olor a nicho y primer aceite del año y la calle se feminiza aún más y le crecen castañas como pezones. Somos mamíferos por las mamas, estamos vivos por las mamas; creemos en las castañas mamarias de los puestos callejeros, que nos venden baratito un cartucho de vida. La belleza frente a la muerte. Eros y Thanatos se entrelazan con mayor vehemencia en el mes más triste. La supervivencia le debe mucho a la imaginación, al simbolismo, al hallazgo-consuelo-placebo de la metáfora. ¿Quién habla de victoria? Sobreponerse es todo. Rilke también se me ha colado entre gladiolos y moltura de aceitunas.
En noviembre a John Fitzgerald Kennedy le volaron la tapa de los sesos y el sueño americano, que es el sueño del mundo, con todo su olor de hipocresía se quedó colgado del aire como una flor sanguinolenta. Pisamos cada día las gotitas que van cayendo al suelo.
En noviembre se muere siempre lánguido y elegante, Luis Cernuda. Y él mismo deposita con manos de nieve en las tapias de los cementerios la flor del deseo. Y la del olvido en el mapa mugriento de la realidad. En noviembre el corazón es una cresta de gallo que se exilia de los cuerpos y los calendarios.
Una luz roja y gualda amortaja por las tardes a los días de noviembre. A la patria se le ha afilado el rictus del nacionalismo y se le han puesto labios morados de republicanismo. La vida se posterga por un senda cromática y banderiza. Populismo y Prozac es el pulso de la calle. Mientras tanto, la democracia ambulante sigue vendiendo por las esquinas en pequeños frascos el ungüento de la Constitución.
El mes más triste está escrito en clave camusiana: habrá que ser pesimista en cuanto a la condición humana, pero optimista respecto al hombre.
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