Tribuna económica

Gumersindo / Ruiz

El mito del mercado racional

JUSTIN Fox, el columnista de economía y negocios de la revista Time acaba de publicar un libro, del que hemos tomado el título, que intenta ser una historia del riesgo, el beneficio y las desilusiones de los mercados de capitales. Se trata de un inteligente repaso a la idea de que los mercados financieros funcionan, son independientes y poseen una visión que los individuos, los gobiernos y las propias empresas no tienen. Este principio ha estado en la raíz del comportamiento, en los últimos años, de casi todos los que intervienen en la economía, confiando en que los precios que aparecían en el mercado eran la única verdad y, por tanto, que las cotizaciones, los precios de mercado de las viviendas, del suelo, deuda, etcétera, justificaban la euforia en que se vivía.

En los últimos 40 años el principio de racionalidad de los mercados ha surgido de un poderoso grupo de presión formado por universitarios, financieros, políticos y responsables de instituciones, que han conseguido imponer el criterio y la razón del mercado, que tiene siempre la última palabra. En el sector financiero no es que no se haya regulado y controlado, sino que se ha supuesto que la conducta razonable era aquélla que se adaptaba a lo que el mercado pedía. Algunas entidades financieras españolas, hoy en apuros, no hicieron sino responder (quizás algo imprudentemente) a la demanda general de financiación para proyectos y desarrollos que prácticamente nadie cuestionaba, pues se entendía que creaban riqueza y empleo; y además los precios y las valoraciones del mercado lo justificaban.

Cuando ahora se piden responsabilidades habría que pensar que éstas son las mismas para cualquier tipo de empresa que tiene alguna forma de endeudamiento y por tanto gestiona recursos ajenos, y cae, ya sea grande o pequeña, financiera o de la promoción y construcción, hotelera o del automóvil, una pequeña entidad financiera española o de las más importantes del mundo, pues todas han estado sujetas y han respondido al criterio último del mercado. Deberíamos concluir que, dejando aparte los comportamientos fraudulentos, cualquier problema empresarial responde siempre a una gestión inadecuada, dados unos mercados cuyos funcionamientos y decisiones no se cuestionan. En la introducción a su libro, Justin Fox recuerda el testimonio sobre la crisis, ante el senado de los EEUU, del que fuera durante 20 años presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, defensor del mercado. Un senador resumió su intervención diciendo: "En otras palabras, usted está afirmando que su visión del mundo, su ideología, no era correcta; que no ha funcionado". "Precisamente -contestó Greenspan-. Ésta es precisamente la razón por la que estoy perplejo; porque durante muchos años ha sido para mí evidente que los mercados funcionaban excepcionalmente bien".

Ahora se reclama una intervención del Estado, que nadie define ni delimita claramente en su alcance, junto con posiciones oportunistas sobre la gestión de entidades como las cajas de ahorros, las relaciones laborales, la fiscalidad o el modelo productivo. Como si la situación actual no hubiera sido, al fin y al cabo, una consecuencia lógica del mito del mercado racional.

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