MOA, Museo de Olores Abstractos

14 de enero 2026 - 03:07

Podría uno preguntarse a qué huelen el aburrimiento o la dicha o el cosmos. El aburrimiento podría oler al halo de luz de una farola encendida en pleno día o a una minuciosa colección de alas de mosca. La dicha, tal vez, podría remitir al olor de aprender a no hacer nada en concreto o al aroma del día aquel en que dejamos de ser inmortales bajando los brazos con mucho amor. Ya sé que suena muy raro todo. Explicar ciertos olores tiene su nota de especulación y extrañeza. Sin embargo, del cosmos sí que sabemos ya a qué huele. Ocurre, no obstante, que tendríamos que ir a Düsseldorf, al museo Kunstpalast, para oler el cosmos. La muestra El poder secreto de los aromas nos lo revela, igual que nos descubre el olor de la seducción o el de la Guerra del 14.

De entrar en el ascensor diseñado por el artista Leandro Erlich, sabremos cómo huele el cosmos en dicho cubículo. Leo que dicen que huele a aliento sulfuroso y a ferrocarril quemado, como el traje de un cosmonauta llegado a la tierra. La seducción, en cambio, huele a celo animal gracias a los efluvios de las moléculas galaxonide y hedione (si usted desea seducir, deberá trabajarse sus reservas de galaxonides y de hediones). La guerra sí es más deducible en olores: huele como a hierro pútrido, entre la pólvora y el cuajarón de sangre.

Deberían abrir en Sevilla un museo de las fragancias. Pero nada de olores ensimismados para deleite del ombligo local. Ni azahar. Ni incienso. Ni magnolio de Ocnos. Ni adobo de Blanco Cerrillo. Ni juncia ni romero de Corpus. Sería ideal que abriera el Museo de los Olores Abstractos (MOA), más en la línea del Kunstplast de Düsseldorf. Cómo le gustaría a uno saber a qué huele, qué sé yo, la cosa esta de la sevillanía (¿?) o esto otro del tiempo cíclico según el sevillano de ley. Si es por querer oler lo abstracto, raro y variado, a uno le gustaría saber a qué huele la pérdida de habitantes en la ciudad, o el tardeo en los veladores, o el famoso impacto que deja el Festival Icónica, o la gente extraña a la que no le gusta la Semana Santa, o el sigilo por calles estrechas cuando pasa un Uber, o los cortes de luz en los barrios hartos de estar hartos, o el ánimo cabizbajo con los fríos y los días nublados, o la supuesta tensión local entre tradición y modernidad, o la Sevilla anónima que vive al día sin dar la nota… Hay tesoros olfativos de sobra para que pudiera abrir el MOA.

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