Luis Carlos Peris

Una muleta con ecos de fragua

Emilio Muñoz. Nació en la trianera calle Pureza y en la Feria de 1994 vio cumplirse un viejo sueño, el de volver a Triana a hombros por el Puente · Su obra cumbre fue con el toro 'Comedia'

POCAS veces en la historia del toreo puede resumir la figura de un torero la idiosincrasia de todo un barrio. Y la contemporaneidad de Triana se resume en la figura de un trianero de pura cepa, Emilio Muñoz y Vázquez por su querida madre. Emilio, que vio la luz primera el 23 de mayo de 1962 junto a la Catedral de los trianeros, justamente en el 78 de la calle Pureza, llevó en sus telas, en su capote y en su pequeña muleta, a Triana entera desde que Leonardo, su padre, lo metió en la durísima lucha de ser torero.

Ya en aquella aparición como becerrista junto a Espartaco y un chaval de Morón apellidado Parrilla en una portátil montada en esa tierra sagrada que es Camas, Emilio mostró cosas que luego demostraría a través de más de veinte años de carrera. Mostró una concepción que dejaba bien a las claras que había nacido al otro lado del río, en ese arrabal de fraguas y alfares y en el que Pagés del Corro hace de cordón umbilical para unir las esencias de dos razas que conviven y que hasta se unen para un mestizaje habitualmente enriquecedor.

Debutó Emilio en Sevilla como novillero en un día de los que en Sevilla se califican de señalaítos, el de la Virgen de los Reyes. 15 de agosto de 1977 y vestido de blanco y oro hacía el paseo con el macareno Antonio Alfonso Martín y con el colombiano Jairo Antonio. Aquella tarde le cortó una oreja al novillo del debut, que era de José Luis Osborne, dejó un ambiente extraordinario y fue el aperitivo de una tarde inolvidable en su carrera, la del 4 de septiembre de ese mismo año. Con novillos de Antonio Méndez y ya de verde y oro toreó junto a Paco Aguilar y Tomás Campuzano, cortando tres orejas de forma rotunda.

Siguió placeándose con éxito en el 78 y tomó la alternativa en Fallas del 79. Por entonces llevaba la plaza de Valencia la empresa de Madrid y a Emilio lo apoderaba un hombre de la casa, Alberto Alonso Belmonte. La alternativa la recibió el 11 de marzo de manos de Paquirri y con el albaceteño Dámaso González de testigo y ya estaba anunciado para su primera Feria de Sevilla. En este su primer ciclo en la plaza de su ciudad iba a estrenarse con una corrida de Juan Pedro Domecq en compañía de Rafael de Paula y José Luis Galloso. Cortó oreja y repitió el viernes de Feria con un ciclón llamado Paquirri y con El Viti. Precisamente, esa tarde sería la última del gran torero charro en Sevilla.

Los años transcurrían, las ferias caían una detrás de otra, Emilio estaba siempre en sus carteles, cortaba orejas como aquellas dos que cortó a un toro de Bohórquez el 20 de abril del 83. Con Luis Francisco Esplá y Espartaco triunfó Emilio, pero a un precio muy caro, el de la cornada. El toro lo cogió toreando primorosamente al natural, pero aguantó hasta matarlo y las dos orejas las recibiría en la enfermería. Esa fue la primera vez que Emilio pagó con el duro tributo de la sangre un triunfo en Sevilla. Ya en los noventa fue herido de mucha gravedad en la Maestranza en un par de ocasiones, una por un toro de Salvador Domecq y la otra por un astifino toro de Cebada Gago.

Pero yendo de forma ordenada hay que dejar constancia de que la muerte de Paquirri en Pozoblanco le causó estragos en su ánimo y dos años después decidía cortar su carrera tras una tarde en Melilla. Desde ese año de 1986 en que decide irse del toro está inactivo hasta que se anuncia para la temporada de 1990. Y en esta segunda época aparece el gran Emilio Muñoz, tan barroco en su concepción del toreo como antes, pero más relajado, sin el envaramiento que se le achacaba.

Y en esta reaparición es cuando Emilio cumple el gran sueño de su vida. Desde su infancia a caballo entre Triana y Dos Hermanas, el trianero siempre había visto en sueños volver a Triana en hombros. Con Juan Belmonte como obsesión, aquel paseo triunfal del Pasmo desde la Maestranza a su casa, aquel tramo glorioso viendo el río desde la atalaya de sus partidarios, Emilio vio cumplido el 21 de abril de 1994 su sueño de volver a Triana en hombros.

Toros de Álvaro Domecq para él, Espartaco y Finito. Con Paco Teja presidiendo, Emilio le cortaba una oreja a Trajerroto y las dos a Gastador. El sueño se había cumplido, la Puerta Mayor del toreo se abría para él y un itinerario de gozo le llevaría hasta el Altozano por el Puente, su Puente de Triana. Pero la cosa iba a repetirse un año después en San Miguel. Era el 1 de octubre del 95 y alternaba con Curro Romero y Jesulín para matar una corrida compuesta por tres toros de Torrealta y otros tres de Gavira. La dos orejas de Vencejito más una que conquistó de Rondeño fueron el salvoconducto que le abría por segunda vez la del Príncipe.

Emilio vivió en los noventa su etapa dorada. El 30 de junio del 90 cuajó su obra cumbre con el toro de Cebada Gago Comedia en Algeciras y su última tarde en Sevilla, la del 1 de mayo de 2000, fue sangrienta. Vestido de azul y oro alternaba con Rivera Ordóñez y Dávila Miura, pero el primer toro lo cogió por el vientre toreando al natural. Fue la última tarde sevillana de Emilio Muñoz, un torero trianero que lleva a su Triana tan enquistada en el alma que sus verónicas y sus naturales dejaban ecos de fragua.

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