La aldaba
Carlos Navarro Antolín
¡Moción de censura en Los Remedios!
EN el mundo de Manuel la gitanilla es de canela -arroyo claro, fuente serena- y sus ojos dos estrellas. En el mundo de Manuel el aire niño se columpia en los sauces del Aljarafe y la marisma manda sueños de la mar. En el mundo de Manuel la luna se peina en un charco de agua clara con un peine de coral, ¡mira si soy gitana que canto por bulerías y repican las campanas! En el mundo de Manuel al pajarillo que llora de pena se le da de beber en las manos agüita del río con hojas de menta. En el mundo de Manuel la mariposa parece una flor de almendro mecida por la brisa fresca. En el mundo de Manuel no vale el dinero, sino cantarle al aire como cantan los jilgueros. En el mundo de Manuel te despiertan besos blancos y el amanecer huele a yerbabuena. En el mundo de Manuel las mirás se clavan en los ojos como espás. En el mundo de Manuel el río Guadalquivir se queja de tener que decidirse entre Sevilla y Triana. En el mundo de Manuel se anhela fundir en un perfume menta y canela. En el mundo de Manuel -voy soñando con tus besos por el callejón de Agua- las caricias soñadas son las mejores. En el mundo de Manuel sueña la novia con una cama de yerba fresca. En el mundo de Manuel la alondra se bebe el cielo en un charco de agua fresca. En nuestro mundo el cardo siempre está gritando y la flor siempre callá; en el de Manuel grita la flor y calla el cardo.
Se ha ido Manuel Molina a descansar en las manos del Señor de los espacios infinitos. Nos deja un mundo mejor por más hermoso. El suyo. Un mundo de canela, menta, yerbabuena, agua clara, fuentes serenas, yerba fresca, brisas suaves, flores, jilgueros, sueños, paz, hermandad y libertad. Un mundo en el que su voz suficiente y la voz única de Lole decían las verdades por bulerías. Debía tener un corazón blanco. Nadie que no lo tenga puede aportar tanta limpia belleza y tanta nítida verdad de una forma tan santamente simple. Dirán los expertos cuánto aportó al flamenco. Yo le agradezco que hiciera más hermoso el mundo desvelándonos su conmovedora, sencilla, cotidiana y franciscana hermosura. Y de una forma tan luminosamente andaluza, como si escribiera con palabras de cal.
Sea la oración que por él se diga la misma que él escribió: "¡Señor, qué pena! No miramos las cosas que Dios nos da: hombre, cielo, tierra, mar, risa, flor, corazón, beso. [Qué pena] que no nos sepamos dar como el agua, simplemente, sabiendo sólo eso".
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