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Tomás García Rogríguez

La naturaleza en Bécquer

Majestuosos plátanos de sombra se yerguen alrededor del mausoleo espiritual becqueriano

26 de diciembre 2020 - 02:31

Gustavo Adolfo Domínguez nace en 1836, cuando el lustroso apellido Bécquer de comerciantes flamencos de la floreciente Sevilla del Siglo de Oro ya no relucía; sólo restaba un escaso y triste presente acrecentado por la orfandad temprana y su carácter tímido. Durante sus estudios en el Palacio de San Telmo, y en los devaneos amorosos ribereños junto a la muralla por el Patín de las Damas, entra en contacto con jardines y alamedas que despiertan en él una temprana sensación artística de la naturaleza como esencia viva y trasunto onírico en el devenir creador de su labor periodística y literaria en Madrid, a la cual arriba con diecisiete años.

"Lejos y entre los árboles/ de la intrincada selva,/ ¿no ves algo que brilla/ y llora? Es una estrella./ Ya se la ve más próxima,/ como a través de un tul/ de una ermita en el pórtico/ brillar. Es una luz." (Rima XCVI).

Debido a su actividad como censor de novelas durante el reinado de Isabel II, marcha discretamente a Toledo al estallar la Revolución Gloriosa de 1868. Según cuenta la tradición, durante su corta estancia planta un laurel en el patio de su residencia, el cual aún se asoma orgulloso tras un muro de la calle san Ildefonso de la ciudad imperial. A su vuelta a la capital, muere a los treinta y cuatro años como consecuencia del agravamiento progresivo de lacerantes enfermedades que marchitan a uno de los fundadores de la poesía moderna.

"Si al mecer las azules campanillas/ de tu balcón,/ crees que suspirando pasa el viento/ murmurador,/ sabe que, oculto entre las verdes hojas,/ suspiro yo./ Si al resonar confuso a tus espaldas/ vago rumor,/ crees que por tu nombre te ha llamado/ lejana voz,/ sabe que entre las sombras que te cercan/ te llamo yo." (Rima XVI).

El poeta no podría sospechar que en los jardines de San Telmo pisados por él siendo joven, ampliados y convertidos más tarde en el Parque de María Luisa, crecería un ciprés de los pantanos que aún abriga sus eternos suspiros en una romántica glorieta monumental ideada por los hermanos Álvarez Quintero -inaugurada en 1911- y levantada alrededor del falso ciprés que mantiene viva la llama del genio hispalense. Majestuosos plátanos de sombra se yerguen alrededor del mausoleo espiritual becqueriano, árboles soñados como propicios para lugares de quietud en su leyenda india El caudillo de las manos rojas: "También han gustado el reposo a la sombra de los inmensos plátanos de Dehli, concha que guarda la perla de los reyes presentando en ofrenda miel y flores al genio protector de Allahabad...".

Bécquer compuso obras plenas con palabras y tonantes silencios que conjugan armoniosamente poesía, música y pintura a través de cuadros sinfónicos que intentan captar lo bello, lo absoluto, los misterios de la naturaleza y del universo...

"Yo soy nieve en las cumbres,/ soy fuego en las arenas,/ azul onda en los mares/ y espuma en las riberas./ En el laúd soy nota,/ perfume en la violeta,/ fugaz llama en las tumbas/ y en las ruinas yedra." (Rima V).

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