¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Las ninfas de la Encarnación

Dos fuentes barrocas y la misma ansia juvenil de vivir con intensidad. Nada nuevo bajo las estrellas de diciembre

La tropicalización de Sevilla es imparable. No es un fenómeno nuevo para una ciudad que tuvo el ringo-rango de ser puerto y puerta de América y en la que los turistas se asombran más ante los enormes ficus de sus parques que en la penumbra de las iglesias mudéjares. Pero es cierto que en los últimos tiempos se ha producido una aceleración del proceso: las cotorras de Kramer, el revival de la guayabera y el panamá, la música electro-latina con la que nos torturan los adolescentes… Debe ser cosa del cambio climático o, peor aún, del cambio generacional. Pero, hasta ahora, en la Navidad manteníamos un poco la compostura con un estilo ecléctico en el que mezclábamos las dulzuras burguesas de las pascuas dickensianas, el sonido cd de las christmas songs neoyorquinas, la utopía pastoril-castellana de los villancicos de Juan del Encina y un extraño revuelto de flamenco y folclore payo que alcanzó su paroxismo con la moda de las zambombas jerezanas. Pero, como advirtió la Negra, todo cambia. Prueba de ello es ese vídeo que circula por las redes en el que dos ninfas hispalenses, con bikinis brasileños y graciosos moños de cigarreras, se dan un baño nocturno y alocado en pleno mes de diciembre, en la hoy orillada y atemorizada fuente barroca de la Encarnación, la más antigua de la ciudad, según algunos eruditos locales. Las chicas, dignas musas del Gauguin más tahitiano, fueron finalmente multadas por unos guardias sólo por no llevar mascarillas, lo que nos indica hasta qué punto España ha avanzado en la cuestión moral desde los años de la muy abrigada dictadura, por mucho que Podemos se empeñe en seguir dando carreras en coche oficial delante de los grises.

Para que tal paradisiaca estampa se produjese, en algo habrá ayudado este veranillo de Adviento que nos tiene a todos descamisados como peronistas. En su defensa, diremos que apenas generaron peligro de contagio del virus en una plaza totalmente vacía y nocturna (peores son las masas que, como polillas, se arremolinan bajo las luces de Tetuán). A cambio, estas bacantes nos dieron una fugaz imagen de eso que llaman los franceses joie de vivre. Por unos segundos, las dos sirenas fueron en nuestras pantallas una versión cani y sevillana del baño de Anita Ekberg en la Fontana di Trevi, ese maravilloso lugar común de la memoria audiovisual colectiva. Dos fuentes barrocas y una misma ansia de vida alegre y despreocupada, pese a los muertos de la pandemia y a las colas del hambre en la calle Misericordia. No hubo nada nuevo bajo las estrellas de diciembre: el divino tesoro de la mocedad, su inconsciencia, la afirmación de la existencia sobre cualquier otra circunstancia, el deseo de ser admirado… Pura vida, esa misma que amenaza el coronavirus.

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