Están que trinan. Sólo les mueve para querer mezquitas, torres y catedrales, el odio que tienen inmatriculado en las entrañas. Recitan cada día el soneto del rencor, resucitan la España de los garrotazos, vieja y anticlerical, destilan un tufo rancio que espanta. No quieren los conventos que se caen por mucho que sean inmuebles catalogados, ni los monasterios que sobreviven gracias a religiosas africanas. No quieren las ermitas de la sierra, ni las iglesias preciosas de los pueblos. Estos edificios no les interesan. Sólo les mueve tratar de arrebatar aquellos que funcionan como fuentes económicas de esa institución que se llama Iglesia Católica. Quieren la pasta. Dinero, todo se reduce a dinero. Las colas de turistas pasando por taquilla les ponen de los nervios. Son como el Don Cangrejo de Bob Esponja, que vive avinagrado por la codicia. Es una combinación heredada de envidia y odio que forma parte de la versión apócrifa de la verdadera marca España. La envidia nos retrata y el odio nos destruye. Ellos, los de siempre, no quieren saber de libros blancos sobre las cantidades de dinero que la Iglesia ahorra a las arcas del Estado en asistencia social, ignoran interesadamente el papel de la Iglesia en los años de la crisis económica, pretenden arrinconar a la Iglesia en las sacristías. Tratan de camuflar el odio que sienten en los argumentarios sobre la titularidad pública de algunos edificios sagrados. Se trata de mentiras y lo saben. La Iglesia no ha inmatriculado hasta ahora catedrales y mezquitas por una sencilla razón: antes no podía hacerlo, no existía esa posibilidad legal. Pero esto no interesa explicarlo, como no interesa difundir que Cáritas atiende a los refugiados que llegan al Estrecho a la búsqueda desesperada de un mundo mejor. Les produce urticaria que algunas catedrales hayan organizado un modelo de autogestión que les permite financiar sus obras. ¿No quedamos en que la Iglesia tiene que mantenerse por medio de sus fieles? Primero reprochaban al Estado que dedicara dinero a arreglar cubiertas, pilares y vidrieras. Cuando las diócesis se pusieron las pilas y reorganizaron las visitas turísticas para disponer de sus propias vías de ingresos, comenzaron con la cantinela de la titularidad. Son el perro del hortelano. Necesitan de la Iglesia para levantarse cada mañana. Se les llena la boca con la libertad, cuando ellos son los verdaderos fascistas. El día que eligen al nuevo Papa están todos pendientes de la televisión. Les encantaría cambiar las normas de un club al que dicen que no pertenecen. Ladran.

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