Baja Temeraria

El olimpo nos roba

Se nos han ido los dos, Chus Cantero y Alberto Mula. La cultura ha perdido dos cimientos

A San Pedro le ha caído un buen repaso, fijo. Ya hace dos semanas que Jesús Cantero se nos fue (herido por un rayo) y seguro que le ha dado tiempo para hacer un informe detallado de la organización del paraíso. Y alguna bronca habrá caído porque Chus -Don Chus decía su esquela- cuanto más te quería mejor te regañaba, siempre en privado, siempre mirando a los ojos, siempre seguro de que la mayor traición es no decir la verdad a quien la merece. Tenía la cultura -toda ella- en esa leonada cabeza, de Zeus o de Marx. Lo había hecho todo detrás de las bambalinas y alguna vez, escasas, delante. Lo suyo era organizar, investigar, trabajar, gestionar para que no decayera el espectáculo, para que la cultura no se hiciera invisible en los presupuestos de la Administración, para que no pasara a ocupar el último lugar de las agendas. Y no era raro que para corroborar cualquier diagnóstico soliera recomendar: pregúntaselo a Mula. A Alberto Mula. Otro gestor cultural imprescindible, discreto, riguroso, afable, de mano izquierda. El dique de tanto río revuelto. La suma final capaz del milagro de los panes y los peces, sin pregonarlo, sin ponerse medallas, con aspecto de actor francés de cine, L'ami de mon amie, por ejemplo.

En menos de una quincena se nos han ido los dos. Chus Cantero cuando iba camino del teatro, como en una síntesis final de su vida. A metros del Lope de Vega. Ese teatro que se sabía de memoria. Alberto, este fin de semana pasado, después de plantarle cara a una enfermedad que afrontó con el valor y la inteligencia con que todo lo hacía. Sin ocultarla, sin pavonearla. Viviendo con firmeza cada día. Como dejó dicho Michael Robinson de él mismo, a Mula el cáncer le ha matado sólo una vez no ciento una.

La cultura ha perdido dos cimientos. El Olimpo, siempre envidioso y pendenciero, se ha llevado a dos grandes. Abajo, los humanos nos quedamos más solos y feos. Aunque ninguno de los dos me daría la razón: Alberto posibilista siempre, Chus un convencido de que lo mejor, las nuevas generaciones, estaba por llegar. No he conocido a nadie con más vocación de Pigmalión, con más generosidad por los que empezaban, animándoles siempre a aprender, a viajar, a leer, a crecer. El día que el Teatro Central, de tan serios y responsables profesionales, tuvo que suspender las funciones, por una decisión gubernamental pusilánime y no entendida, muchos nos acordamos de los dos. Tantas veces las cosas funcionan por aquellos y aquellas que nunca reciben los aplausos cuando baja el telón. Pero están ahí. Como ahí, junto a ellos, han estado Marina y Luisa, puntales, compañeras, cómplices de Alberto y de Chus. Los hombres que aman a las mujeres, a sus mujeres sobre todo, hacen mejor el mundo. Como ellos dos.

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