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El olvido

No negaremos que la vida es un agradable desastre, pero sí conviene recordar que sólo cabe conservarla como huella

Segúnel INE, el Instituto Nacional de Estadística, las herencias han aumentado sustancialmente en la primera mitad del año, y ello sin contar los expedientes donde se rechazaba lo heredado, por falta de liquidez o de peculio. Este incremento, sobre el diez por ciento, es una más de las cifras que arroja con naturalidad nuestra robusta maquinaria administrativa, con el loable fin de pergeñar nuestro verídico retrato patrimonial, existencial y alfanumérico. Sin embargo, en esta hora crepuscular del Covid, nadie se engaña sobre el significado último de tales cifras. Hay unos españoles que murieron prematuramente, hay una generación de perdió sus vidas en una soledad desesperada y trágica, y ahora son sus cachivaches, sus pisos, sus modestas o abundantes posesiones, las que han salido en almoneda, para espanto y desazón de sus deudos.

Decía Ortega, y con él Ramón Gómez de la Serna, que "lo cursi abriga", refiriéndose a la numerosa impedimenta de chacharros con que ilustramos y decoramos nuestros días. A la verdad, un hombre, un ser humano, es muy poca cosa; y es en la suave curvatura de un jarrón, en una tabaquera, en la sedosa melancolía de las corbatas, donde se encierra, al cabo, nuestra existencia. Desde luego, no negaremos que la vida es un agradable desastre (Quevedo, con inusual ternura, hablaba de "el pálido rebaño de mis enfermedades"), pero sí conviene recordar que sólo cabe conservarla como huella. Es en las fotografías, en el olor ya ajado de una prenda, en objetos que la vida orilló en algún estante, donde nuestros días adoptan una forma inocua de perduración y de memoria. Y cómo tiembla nuestro corazón cuando alguno de esos restos se malogra. Una parte de lo que somos, de lo que fueron los nuestros, acaso duerma todavía en una sencilla y olvidada caja de bombones. Pero no por una virtud mágica del recipiente, sino por aquel mecanismo que describe Proust -ya saben, el bizcocho mojado en té-, que nos lleva "de la anécdota a la categoría", como quería D'Ors, y principalmente, nos lleva de quienes somos hoy a quienes un día fuimos.

Toda esta enorme y delicada fantasmagoría es la que el Covid ha puesto, apresuradamente, en marcha, y la que el INE resume con su adusto lenguaje porcentual. No es sólo, entonces, que para muchos españoles haya llegado, por anticipado, la necesidad y la urgencia del recuerdo. También se han despertado las astucias y mecanismos del olvido. Un olvido que no debiéramos, en modo alguno, permitirnos.

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