El precio del éxito en Sevilla

Dicen que vivimos una Ciudad-Estado, pero también en un pueblo donde por fortuna nos conocemos todos

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La zorra y las uvas, una fábula clásica.
La zorra y las uvas, una fábula clásica. / M. G.

17 de julio 2025 - 04:00

Cuenta siempre Javier Aroca que Sevilla es una Ciudad-Estado. No le falta razón, pues así lo avalan su historia con aquellos años de enfrentamientos entre los cabildos municipal y eclesiástico, su palacio real aún en uso, su corte establecida en San Telmo, sus casas solariegas con los corrales de vecinos para el servicio que ya han sido rehabilitados como viviendas muy cotizadas... También cabría considerar Sevilla como una Ciudad-Pueblo, muy de pueblo en muchos aspectos. Y no solo porque conserve ese hermoso carácter en muchos barrios, en tabernas donde hay parroquianos más que clientes, y en tiendas que conservan el trato afable y personalizado. En Sevilla el éxito se paga caro, moverse cuesta un mundo y quedarse quieto puede ser hasta rentable. Quienes enredan y tratan de ejercer influencia se procuran una cuadrilla de peones muy mediocres con vocación de lacayos que asuman como propia una opinión ajena (penosa, dirigida y tutelada), disparen el tuit de la media tarde enaltecido por los gin tonics o se desfoguen con esas miradas de recelos que solo provocan los gatos (miau) empadronados en el vientre. Todo sujeto con éxito lleva a su lado dos acompañantes: Hacienda y la envidia. En Sevilla hay una manada de perros del hortelano que ladran y se retratan, se acercan al hueso más o menos en función de que el amo les suelte la correa. Son torpones, porque si fueran inteligentes no serían perros, claro. Ni lacayos. Trabajan poco, pero procuran hacer ruido (por encargo) por aquello de dar sensación de frenética actividad. Y sobre todo son muy, pero que muy cobardones.

El lacayismo al final genera señores de triste figura a los que se le acaban notando los celos, las frustraciones y la timidez defensiva que provoca la carencia de ideas originales. Para ellos tener criterio propio es una amenaza, un arma de destrucción masiva. Son como la zorra que desprecia las uvas, pero que en realidad no podía alcanzarlas. Camuflan de crítica libre las posiciones de su particular señorito Iván, pero nunca tendrán el valor de Azarías al final... De la película. Se creen que una manita de pintura no deja ver una carrocería desmochada y un motor oxidado. No merece la pena dar sus nombres porque no son nadie, más allá de un estereotipo de inspiración para escribir sobre un perfil de vecino de una Ciudad-Pueblo. A estos personajillos nunca les han arreado porque en el fondo nunca han dicho ni han hecho nada importante. Y si lo han hecho ha sido por cuenta ajena, siempre ajena. Son papagayos que se lo tragan todo y despotrican de quienes hacen cosas, se mueven, emprenden y asumen riesgos. Dan lástima porque vivaquean en la irrelevancia cuando en realidad querrían ser alguien. Decía el recordado cardenal Amigo que lo peor que puede ocurrir en Sevilla es que importe un comino lo que uno diga. La Casa de las Especias se hartaría de despachar comino estos días. Cómo ladran... Sevilla huele a pueblo, a cine de verano, a moñas de jazmines y tiene una luz preciosa. Milana, bonita.

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