La lluvia en Sevilla

Mi primera vacunación

Si quiere conocer el alma de esta ciudad, visite nuestras famosas colas de vacunación

Hay quienes explican sin que nadie les pregunte -poniendo cara de viajados- que, si de verdad quieres conocer un lugar del mundo, has de irte a sus plazas de abastos. Esa consigna se ha extendido, provocando que alguna vez haya arrollado en el mercado a algún turista que estaba en pompa tomando con su cámara el plano detalle de un pepino. Ni caso: si de veras quieren conocer el alma de una ciudad, lo mejor es visitar la cola de un centro de vacunación. Ya he hecho mi propio tour, en la del Estadio Olímpico.

Dudo que el espíritu de las colas para vacunarse en Helsinki o en Baden-Baden -si es que las hay- sea como el de Sevilla. En todas ellas probablemente se condense una con-fusión de entusiasmo e inquietud, pero su expresión es distinta en cada sitio. Aquí, para aplacar la extrañeza que sentimos, nos quejamos con los extraños que nos han tocado a la vera: "Ya podrían señalizar mejor esto". "Ojú, qué calor". "Échate gel". "Qué de gente. ¡Ni que fuera a pasar el Cristo de Burgos!". El hombre que llevo detrás se queja de que la cola avanza demasiado rápida, "así de malamente estarán pinchando…", suelta, el muy cretino. De pronto, alguna leyenda urbana estremece algún tramo: "¿Papel? ¡Qué papel! ¡Yo no me he traído ningún papel!". Hay quien se ha calzado unos tacones abisales y se ha llevado su sillita plegable, como si fuera Domingo de Ramos. La distancia de seguridad ha caído en desgracia. Quien haya pasado por la migra de los aeropuertos americanos no le resultará raro el recorrido en zigzag que hace que te encuentres de frente una y otra vez con las mismas personas. Delante de mí, un señor se cruza periódicamente con un amiguete. Cronometro: se saludan una vez cada tres minutos. La efusividad de los saludos van, del abrazo con manotazos, a hacer como que no se ven, allá en la penúltima vuelta. De pronto, suena música a todo trapo. Quizá la están probando para el fútbol. O quizá a alguien se le ha ocurrido amenizar la vacunación. Es un tema en inglés, a lo Bruce Springsteen. La cola reclama a voces que mejor pongan una de El Pali.

Mi turno. Mi primera vacunación covid. Me sobrecoge que, en el tramo final, avancemos coreográficamente. No puedo quitarme de la cabeza la imagen de esos cráteres en el brazo de los mayores, a causa de la vacuna de la tuberculosis. Se me estaría saliendo de la mascarilla el gesto de revoltijo de emociones, pues un enfermero viene hacia mí y me pide que lo mire fijamente un instante. No sé por qué sé que me sonríe. Me abandono a sus ojos con una confianza libérrima, muy guapa. Todo se detiene, dentro y fuera. Ni me entero del pinchazo. Mientras nos apretamos el algodoncito, todos damos gracias sincerísimas a las practicantes. Si quiere conocer el alma de esta ciudad, su luz y sus sombras, visiten nuestras famosas colas de vacunación.

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