La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Los rostros del mal entre nosotros

Racismo, crueldad y abuso de los más débiles viven entre nosotros, al acecho, buscando su ocasión

Las imágenes de la residencia de ancianos DomusVi de Liria recuerdan las de un campo de concentración. Delgados hasta lo esquelético, tirados en el suelo, comiendo en la mesa el alimento derramado, abandonados a sí mismos, sucios, atados y desnudos… Un infierno. Lo desvelado por los informativos de Tele 5 demuestra -si hiciera falta- hasta dónde puede llegar la maldad humana. ¿Un caso aislado? Hace tres semanas se divulgó un vídeo en el que dos jóvenes trabajadoras en prácticas de un centro de mayores de Tarrasa maltrataban a una anciana al darle de comer ("Abre la puta boca, vieja cascarrabias").

Las imágenes de las tres menores de edad insultando en el Metro de Madrid a una pareja de sudamericanos recuerdan las de los camisas pardas agrediendo a los judíos en el Berlín de 1933 y 1934. Les escupieron e insultaron ("Panchito de mierda", "eres producto de un condón roto", "como en la selva no tienen condones"). Pese a tener sólo 15 y 16 años sabían lo que hacían. Una de ellas colgó después en Instagram: "Lo que dije en el Metro es mi puta opinión y no me la vais a quitar porque lo sigo opinando y este es mi país… estoy en mi país". A quienes la acusaron de racista respondió: "Lo soy, mucho".

La mezcla de carácter y circunstancias (familiares, sociales o históricas) puede hacer de alguien un torturador, un maltratador o un racista. Pero la fuente es sólo una: la maldad inherente a la condición humana. Los totalitarismos le permiten multiplicarse y actuar con la impunidad y los medios que el Estado les garantiza y ofrece. Fascismo, nazismo y comunismo (pónganle el apellido que sea más de su gusto: leninista, estalinista, maoísta, jemer) permitieron en el siglo XX que este mal se desplegara causando millones de víctimas. Pero no debe olvidarse que preexiste, como parte de la naturaleza humana, a los regímenes y las circunstancias que lo alientan como programa, lo practican como política de estado y lo inculcan a las nuevas generaciones. Ni debe olvidarse que vive en nuestras democracias, entre nosotros, buscando su ocasión. Hay aspirantes a Ilse Koch -la perra de Buchenwald-, Franz Murer -el carnicero de Vilnius- o Laurenti Beria -el perro y carnicero de Stalin- que no hacen más daño porque no han encontrado el marco político que les permita desplegar su capacidad para el mal. Y lo hacen dónde y en la medida que pueden: en una residencia de ancianos o en el Metro de Madrid.

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