La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

¿Quién nos separará del Gran Poder?

Nunca nos sentimos más unidos al Señor que en estos dos años en los que querían alejarnos de él las desgracias

Dejado atrás el negro 2020 del cuarto centenario de su hechura, la mayoría de cuyos actos, salvo la exposición que cerró seis días antes del confinamiento y la misa de acción de gracias del uno de octubre, fueron suspendidos a causa de la pandemia; y dejado atrás el gris y negro 2021 de su Santa Misión que pudo celebrarse gracias al oasis vivido entre la caída de los contagios en octubre y la explosión de la ola ómicron en diciembre, el quinario del Gran Poder marca, como cada enero, el inicio sevillano del año.

Este 2022, por caer el 31 de diciembre en viernes, se ha enlazado la normalidad del Miserere con el primer día de quinario. Símbolo poderoso es la unión del semanal culto ordinario y el extraordinario. Símbolo de la seguridad en tiempos de incertidumbre, del normal sucederse de las cosas en estos dos años de anormalidad, confinamientos, suspensión de dos Semanas Santas y muertes. Símbolo sobre todo de la permanente presencia del Gran Poder como Señor del salmo 18, fortaleza, roca, peña, escudo, fuerza. Todo lo malo vivido nos ha unido más a él. Nunca ha estado más presente en nuestras vidas que durante los dos meses de confinamiento en los que ni tan siquiera podíamos ir a verlo. Nunca ha sido más confortadora su presencia doméstica en estampas devocionales. Nunca ha sido más Señor de la Madrugada que en las dos vividas sin él buscándonos por las calles de su ciudad. Nunca han sido más ciertas las palabras de San Pablo: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿los peligros?, ¿la espada?... Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida (…) ni lo presente ni lo futuro (…) ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro".

Y nunca han sido más ciertas estas palabras de Romero Murube: "El sevillano, que ha metido, por medio de su cofradía, a Dios en su vida más vulgar y cotidiana, que lo lleva en la cartera, y lo tiene en la tienda del barrio, y en la esquina de la calle, tiene hacia la divinidad un respeto matizado por una sublime familiaridad que solo puede nacer a través de la cofradía". Fundiendo como lo mismo -añade- su vida y la imagen sagrada: "Es él, su barrio, su casa, su mujer, su hijo, su placer y su dolor. Es su vida y su muerte. Su Dios".

Dedicado a mis amigos Javier y Félix, 50 años de heredada devoción y servicio al Señor.

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