La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Los sevillanos que ignoran la Catedral

El guía celebra que la mayoría de los visitantes del templo durante esta pandemia sean por fin vecinos de la ciudad

Termina la maravillosa visita aérea a la Catedral y el guía dirige unas palabras antes de la finalización tras hora y media de subidas y bajadas por escaleras de caracol, y de recorridos por las cubiertas y galerías externas e internas de la gran montaña hueca de la ciudad. "Creo que casi todos ustedes son sevillanos". La pandemia ha potenciado no sólo los viajeros nacionales, sino el interés de los vecinos de la ciudad por sus monumentos. Ha tenido que casi desaparecer el turismo para que algunos se echen a la calle para descubrir perspectivas inéditas del templo metropolitano, el acuario con sus tiburones y las crías de caballito de mar, o las visitas teatralizadas al Real Alcázar o la Nao Victoria, amén de la oferta especial en el Hospital de los Venerables o en la Torre de Don Fadrique. El guía celebra el interés de los sevillanos, les pide que no dejen la Catedral y les recuerda que, una vez que se reabra la visita cultural al templo, se pueden adquirir las entradas sin cola en la iglesia del Salvador. Con la entrada adquirida en el Salvador se puede visitar la antigua colegial y entrar en la Catedral en los siete días siguientes. Gratis, sin espera para su compra y con acceso directo. Claro que para eso habrá que esperar al retorno de la vieja normalidad. Por ahora la Catedral sólo es accesible para las misas y las visitas en modalidades restringidas. No hay coreanos que se pierdan por las capillas, que ocurrir ha ocurrido. Hay unas radioguías esterilizadas con mucho esmero. La visita nocturna a las cubiertas está muy cuidada. Y permite la contemplación de la ciudad que se enfría muy lentamente en el infierno estival del valle del Guadalquivir. Se aprecia tanto la calle Mateos Gago abierta en canal por obras como el final de Nervión. Se descubren torreones desconocidos en plena calle Francos y también se intuye ya el efecto del nuevo hotel de la Encarnación. La visita da derecho a tomar asiento un buen rato en los escalones de la cúpula de la Capilla Real para tratar a la Giralda de tú a tú. La gran verdad es la que canta el guía antes de abrir la puerta de San Miguel para despedir al grupo reducido de visitantes. Que no haya que esperar a una nueva pandemia para que los vecinos de los barrios se decidan a acudir a la Catedral. Hay que admitir que, con el cierre al tráfico de la Avenida, los planes de la llamada movilidad de quita y pon y el efecto del turismo masivo, el sevillano se lo piensa dos veces antes de adentrarse en un centro inhóspito que estos días sí se disfruta con calma. La pena es que la Catedral sea hoy para muchos sevillanos el templo donde se casó la infanta Elena o el sitio donde los nazarenos acuden al aseo.

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