Notas al margen
David Fernández
El espíritu de Adamuz
Aún por digerir la tragedia ferroviaria en Adamuz, esta pieza puede resultar impertinente, pero la impertinencia es una obligación de la prensa, y no sólo un riesgo para quien firma (un riesgo perfectamente ignorable; a veces, algo indigno de ser escrito). No es callar lo que uno opina una alternativa razonable, sin embargo. No trata este texto del espeluznante accidente del domingo pasado. Sugiero paciencia ante una opinión que, como se dice en balompié, baja la pelota al césped y cuestiona el “minuto de silencio” futbolero, ahora un fijo antes del pitido inicial; con los jugadores abrazados y sabedores de las cámaras, entre acordes de piano o violonchelo sonando por la megafonía del estadio, solemnes y funerarios. (Huelga afirmar que las desgracias nacionales merecen otra consideración.)
Veo esos minutos de silencio dedicados a particulares innecesarios, por consabidos y en un entorno de competición y espectáculo: chirrían los amores. Son objeto de olvidos imperdonables, aquellos que arañan la pena de los seres queridos de un finado desdeñado. Hablamos de la intrahistoria de la masa social de los clubes. Recordemos que “intrahistoria” es la historia no escrita, callada e ignorada de la gente común, la que vive ajena a los anales y los próceres transitorios; la que constituye la verdadera sustancia del devenir de las cosas y las patrias. En este caso, una afición deportiva. Tratemos de justificar lo dicho.
Primero, porque en ese minuto se suele dejar en el limbo de los justos a socios sin renombre. Todo lo más, se nombra a los que alcanzaron, tras décadas de fidelidad, un número de carné de uno o dos dígitos. Más inaudito: se da preferencia a figuras directivas. La arbitrariedad del ritual está servida. Recuerdo a un grande de mi equipo –para qué citar nombre ni colores– al que se ignoró el domingo siguiente a su último adiós. Segundo, porque los jugadores están a lo que están, igual que el público, y es de temerse que la compasión brilla por su ausencia, para que brille una puesta en escena que, a fuerza de reiterarse, conforma una rutina ceremoniosa. ¿Es cínica esta afirmación, o es evitable el luctuoso preámbulo de la fiesta?
En otro estilo, vi en un partido de la Premier inglesa que el homenaje de condolencia se prolongaba más de un minuto. Se citaban, por orden alfabético, a todos los abonados, jugadores y empleados recién fallecidos. O todos, o nadie.
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