El sol del limonero

La pasión. Una fruta que a veces pudiera resultar amarga pero jamás aburrida. Como la vida

09 de octubre 2023 - 01:00

Vicente Todolí, a la que tuvo ocasión, compró un cortadillo para saber de una vez si ese relleno de cidra, sabía efectivamente a limón. No es limón, clamó en el patio de La Montería del Alcázar, después de haber conversado –para delicia del personal– con el príncipe Lorenzo de Medici sobre su gran pasión: los cítricos. Porque en la jerga, a limones y naranjas, así a bulto, los que saben los llaman citrus. Que uno de los más talentosos y renombrados expertos en arte contemporáneo en Europa, abandonara una brillante carrera de comisario y director de museos como la Tate de Londres, para dedicarse al oloroso mundo de los cítricos, parece un cuento de los que Scheherezade relataba al sultán para salvar la vida. Aparentemente tímido y gesticulando hasta con los ojos, Todolí habló no solamente de su pasión que le ha hecho construir –si es la palabra– un museo-huerto, allá en su Valencia natal, sino de la larga historia de esos frutos con miles de variedades, desde Japón a Persia desde Brasil a la vega de Sevilla. Me tiraste un limón y tan margo, escribió Miguel Hernández poco antes de, se dice, disfrazarse de jardinero en el Alcázar para esconderse de Franco, que andaba de visita oficial, con la connivencia salvadora de su amigo Joaquín Romero Murube. La charla entre Todolí y Medici fue deslumbrante, incluso para los que decimos limón y nos ponemos a cantar por Henry Stephen –poco glamuroso, puede ser– aunque nos salva que caigamos rendidos cada primavera con el excesivo azahar que los naranjos nos regalan. En el Hay Festival que se ha celebrado en Sevilla, las conversaciones iban tejiendo redes, de la ciudad a los árboles y sus frutos, de la Historia a la Literatura, un hilo invisible de pasado y presente como los versos vivos de Manuel Machado en labios de la poeta Victoria León. La pasión de Todolí, jardinero fiel, ambicioso coleccionista de un huerto donde se arriman y crecen especies que enredan olores y formas, es esa corriente que convierte la vida, cada vida, en un viaje a Ítaca sin prisa ninguna por llegar a la isla. Es la pasión que buscaba el recién nombrado premio Nobel noruego, Jon Fosse, cuando la muerte de su esposa le arrancó el corazón y las venas se le llenaron de alcohol y de tristeza. Y que encontró en la literatura. Como Antonio López, también de visita, mostraba sus cuadros de la Sevilla inacabada, porque él no los da por concluidos, aunque para los legos esos lienzos sean, exactamente, la imagen de la ciudad que habitamos, un cuadro que todos firmamos y nunca termina. Erice se apasionó con la imagen pausada de pintor atrapando el sol en un membrillo. A López su mujer, también pintora, le reprochó en una entrevista que fuera hiperrealista, porque le tuvo la nevera embargada casi un año. La pasión. Una fruta que a veces pudiera resultar amarga pero jamás aburrida. Como la vida.

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