Puntadas con hilo

María José Guzmán

mjguzman@grupojoly.com

La solidaridad perdida

Que captar a voluntarios obligue a vender créditos universitarios o ventajas fiscales da que pensar

Hubo un tiempo en el que nadie hablaba de oenegés, ni cooperantes, ni siquiera de voluntariado. Tampoco hace tanto de eso. Había gente más o menos solidaria, más o menos comprometida, pero serlo era un ejercicio absolutamente libre, sin que respondiera más que la puesta en práctica de valores que se habían adquirido de manera natural en casa. Sin modas ni etiquetas, había personas solidarias por condición, por buena condición, no por obligación.

Por eso, que el Banco de Alimentos haya lanzado esta semana una campaña para buscar voluntarios invita a reflexionar. A pensar en el trabajo que les cuesta a organizaciones como ésta encontrar gente que quiera colaborar y, sobre todo, que quiera hacerlo más allá de una o dos veces puntuales al año, las grandes campañas de recogida de alimentos. Resulta desalentador saber que se ofrecen créditos universitarios a cambio de esta ayuda altruista y que los responsables de esta acción social idean mil historias para conseguir que los escolares se sumen a esta tarea. Y, con todo esto, en noviembre faltaron más de 1.000 voluntarios que supusieron el no poder estar presentes en 70 supermercados sevillanos, lo que ha hecho bajar las donaciones.

Da la impresión de que este movimiento solidario es artificial, tanto como los argumentos y expresiones que utilizan a menudo esa legión de jóvenes que acosan en el sentido literal a los transeúntes en el centro con propaganda sobre ONG, normalmente, de cooperación internacional. En más de una ocasión, esa letanía que se oye mientras intentas esquivar a estos voluntarios concluye reclamos desesperados como "piénselo, que desgrava". Como si ayudar al prójimo fuese un impuesto.

Y quizás ahí se encuentra la clave de esa solidaridad perdida y que la mayoría de nosotros conocimos en nuestros mayores. Nunca me había planteado averiguar la razón por la que mi madre, que sólo nos tuvo a mi hermano y a mí, asiente sin más cuando alguien en la calle le habla o le pregunta por sus otros hijos, ésos que sin haberlos parido, no sólo la llaman, sino que la consideran madre. Desde siempre he entendido que hay obligaciones que uno asume porque no entiende la vida de otra manera. Que, si está de tu mano, ningún vecino se va a quedar sin un plato de comida o sin luz y menos sin la necesidad básica de sentirse arropado por alguien.

En los pueblos sigue existiendo una red invisible solidaria que se teje entre todos, sin ruido mediático. Y eso no guarda relación con el tamaño del municipio, más bien con el concepto de vecindad y el mejor sentido de comunidad. Es un valor que se va transmitiendo de manera natural, tanto que cuando el otro día una dependienta preguntó a mi hija de 4 años para quién era la ropita de bebé que estábamos comprando, con satisfacción le explicó que era para Nieves. A la pregunta de si era su hermana o su prima, ella dudó unos segundos y luego definió con la más bella sencillez quién es esta vecinita: "Es como mía y la quiero". No hay campaña de captación que pueda superarlo.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios