calle rioja

francisco Correal

El 'sueño' de Madrid nació en Sevilla

Olimpismo. Alejandro Rojas-Marcos, alcalde en el 92 de los Juegos de Barcelona, quería una ciudad con cardenal en Palacio y que tuviera una quimera olímpica que asumió Madrid

SORPRESAS te da la vida. El primer promotor de los Juegos Olímpicos de Madrid fue Alejandro Rojas-Marcos. Para rizar el rizo, la candidatura madrileña surge en Barcelona, curiosa paradoja en vísperas de la cadena humana de la Diadadesde Port-Bou hasta Alcaná. Los Juegos Olímpicos de Barcelona en los que Eduardo Mendoza planeó la desaparición de Gurb coincidieron con la Expo 92. El regalo que Cristóbal Colón y Luis Yáñez le hicieron a Rojas-Marcos cuando se hizo cargo de la Alcaldía.

Alejandro quería una ciudad con cardenal papable y que aspirase a unos Juegos Olímpicos. Su socia en el gobierno municipal Soledad Becerril le sucedió en la alcaldía, pero quien recibió la herencia de aquellos anhelos fue su socio posterior, Alfredo Sánchez Monteseirín. Es éste quien viaja a Roma para la proclamación por Juan Pablo II de Carlos Amigo Vallejo como cardenal y quien recibe la antorcha olímpica, que empieza a prender el 20 de agosto de 1999, en su primer verano como alcalde, cuando se inauguran en el estadio de la Cartuja -mal llamado olímpico en la cartelería- los últimos Mundiales de Atletismo del milenio.

Sevilla se libró de la depresión de Madrid porque se vio muy pronto apeada de sus opciones olímpicas. Pero creó una oficina que tuvo al frente a un ejecutivo que en sus años mozos había sido portero de fútbol en los escalafones inferiores del Real Madrid. Aquella oficina dirigida por Alfonso Seoane desvió sus afanes a un festival de cine y deporte concebido como olimpiada cultural.

En el reverso de la transferencia de las competencias del Estado a las autonomías, Sevilla transfirió a Madrid sus opciones políticas. Un regalo envenenado que ha llevado a la capital de España a tropezarse tres veces con la negativa del Comité Olímpico Internacional. Es el maleficio de Cruz y Ortiz. Los arquitectos sevillanos diseñaron un estadio fantástico en el que se canta más que se compite y que en alardes faraónicos se acompaña del epíteto de olímpico. También Cangas de Onís fue capital del reino durante siete días, como recordaba Antonio Domínguez Ortiz. Sí pintaba como olímpico el estadio de la Peineta, obra madrileña de Antonio Cruz y Antonio Ortiz, pero ni por esas. Se evaporó como aquel pabellón de Japón que Tadao Ando hizo y deshizo para la Expo 92.

La ruta de la frustración de Madrid parece el itinerario de Phileas Fogg. Por un lado, la senda de las sedes elegidas: Londres, Río de Janeiro, Tokio. Por el otro, la de las ciudades donde le dieron calabazas a la candidatura: Singapur, Copenhague, Buenos Aires. Dos itinerarios que se cruzan en un rompecabezas de ciudades y países con Zapatero y con Rajoy, algo les une, caramba, que habrán echado en falta el respaldo de Juan Antonio Samaranch, aquel franquista-leninista que era capaz de confesarse ante el mismísimo diablo.

El estadio de la Cartuja en el que cantaron Madonna, U2, Bruce Springsteen, Alejandro Sanz o Luis Miguel empezó por todo lo alto. El italiano Primo Nebiolo apostó por Sevilla. Una madeja de países y pueblos por la participación especial de la Diputación Provincial cuando la presidía el ex concejal de Burguillos, La Rinconada y Mairena del Aljarafe Alfredo Sánchez Monteseirín. Llegó a la alcaldía en 1999, en puertas de los Juegos de Atenas, y con él una jovencísima Susana Díaz cuya irresistible ascensión al gobierno andaluz se certificó el mismo día que Buenos Aires le cantó a Madrid el tango más triste. Una historia que empezó en Sevilla y que empezó a crecer desde Pinto hasta Aranjuez, desde Parla hasta Alcorcón.

Queda la esperanza de Coria del Río como subsede olímpica. Y el bochorno de recordar que no empatábamos con Estambul desde que Remedios Amaya fue al festival de Eurovisión. En el horizonte está París. Ana Botella contra Pepe Botella. Un sueño ya construido que se disipa como el pabellón de Tadao Ando.

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